De eso no te rías: un debate caliente en España

Sobe qué se puede hacer chiste y sobre qué no, un debate caliente en España (Shutterstock)
Sobe qué se puede hacer chiste y sobre qué no, un debate caliente en España (Shutterstock)

El debate que opone los límites del humor a los límites de ofensa se ha repetido cíclicamente en España, aunque de un tiempo a esta parte se ha convertido en algo muy habitual. Tanto es así que los ofendiditos (como algunos denominan a quienes tienden a tomarse como una afrenta los chistes que versan sobre temas espinosos como el machismo, la homofobia o el racismo) han sido protagonistas no de uno, sino de dos comerciales en menos de dos meses. El primero de ellos, el tradicional anuncio de Navidad de una conocida marca de productos cárnicos que tiene lugar en la Tienda LOL (donde se compra el humor) y cuya premisa es que “algo que nos hace tanto bien no puede ser un lujo; debe ser un bien de primera necesidad”. El segundo caso es el spot que ha lanzado la Academia del Cine Español para promocionar la gala de los premios Goya que se celebrará el próximo 2 de febrero en Sevilla. En él, sus presentadores -Silvia Abril y Andreu Buenafuente- disfrazados de John Lennon y Yoko Ono en su etapa más hippie dan una rueda de prensa antes las diferentes asociaciones de ‘preofendidos’ para aclarar que su intención es que todo el mundo lo pase bien ese día.

Además de haberse ganado un mote, los ofendiditos han sido acusados de ejercer la tiranía de lo políticamente correcto; es decir que, en su intención de erigirse como defensores de los débiles o los grupos minoritarios, han pasado a ser considerados por muchos como un ejército virtual de intolerantes.

“Se le ha dado la vuelta al argumento”, afirma el sociólogo especializado en nuevas tecnologías Javier de Rivera. “Por ejemplo, si criticas un chiste sobre la violencia contra las mujeres, parece que estás anclado en lo políticamente correcto cuando, en realidad, estás censurando algo que no viene a cuento y que no tiene gracia –opina-. Si estamos en una sociedad en la que peleamos por la igualdad y estamos en contra de la violencia de género, no debería ser culturalmente aceptable un chiste así”. A favor de esta última afirmación se encuentran las conclusiones de la tesis doctoral del profesor departamento de Psicología Social y Metodología del Comportamiento de la Universidad de Granada, Hugo Carretero titulada ‘Sentido del humor: construcción de la Escala de Apreciación del Humor (EAHU)’. Fruto de su investigación, Carretero concluyó que “el humor es un indicativo de los valores predominantes en una determinada sociedad” y que “se trata de una herramienta poderosa para mostrar las tendencias culturales”. Por tanto, para De Rivera, “si queremos avanzar culturalmente, hay determinadas cosas que deberían dejar de hacer gracia”.

En el polo opuesto se sitúan multitud de psicólogos que, durante años, han investigado de qué y por qué nos reímos. En un artículo titulado ‘El Humor’, publicado poco después del libro ‘El chiste y su relación con lo inconsciente’ (1905), Sigmund Freud explicaba que “la esencia del humor consiste en que uno se ahorra los efectos que una situación hubiese provocado normalmente al eludir, mediante un chiste, la posibilidad de semejante despliegue emocional”. Caleb Warren, profesor asistente de la Universidad de Arizona cuyas investigaciones giran en torno a qué se considera cool y qué, gracioso, lo explica de forma algo más sencilla: “El humor está estrechamente asociado con una amplia variedad de amenazas. Una de las funciones primarias del humor es ayudar a la gente a hacer frente a circunstancias adversas, incluyendo las tragedias. En lugar de pasar el resto de sus vidas enfadados, la risa y el humor pueden ayudar a aceptar y, en última instancia, a superar el dolor asociado a una tragedia“.

Otro argumento a favor de bromear con temas socialmente considerados delicados lo esgrime una de las humoristas más irreverentes de España: Raquel Sastre. “Siempre insisto en lo mismo: ficción, ficción, ficción. Lo que estamos haciendo los cómicos es ficción; cuando decimos una cosa no significa que la pensemos, del mismo modo que cuando Luis Tosar interpretó a un maltratador en ‘Te doy mis ojos’ [Icíar Bollaín, 2003] no significaba que estuviera apoyando el maltrato a la mujer”. Lo curioso, es que la mayoría de la gente parece asumir este elemento ficcional cuando se trata de géneros como el drama o la fantasía, pero, cuando un determinado tema se aborda desde la comedia, aparece lo que el monologuista y guionista de Comedy Central Miguel Iríbar define como “una suspensión de realidad“. Según explica, “cuando hablamos de otros géneros distintos a la comedia y, por supuesto, a la comedia de escenario hay una permisividad mayor”. Aunque reconoce que “también hay voces que cuestionan el ‘Lolita’ de Nabokov, por ejemplo, por considerarlo una apología de la pederastia”, sí percibe que toda esta crítica “se está focalizando mucho más en la parte de comedia”.

Si solo es humor, si no es más que un juego, ¿hay algún límite, más allá de lo establecido por ley? Según Javier de Rivera, la comedia “siempre ha tenido una función muy importante de crítica social o política: si la enfocas hacia arriba, hacia quienes tienen poder, creo que es un uso legítimo, un recurso de la gente normal para cuestionar determinadas acciones de un político o una institución. Pero cuando se usa para hacer bromas sobre la gente oprimida o que tiene problemas, no tiene tanta gracia“. Un argumento al que, de nuevo, se oponen las conclusiones del director del Humor Research Lab Peter McGraw, que lleva años estudiando el límite entre lo cómico y lo ofensivo: “Cualquier evento catastrófico o situación negativa puede terminar siendo objeto de chiste una vez hemos establecido suficiente distancia emocional respecto a los hechos. Las mejores bromas toman algo horrible y lo convierten en estúpido”. Por su parte, la investigadora Lisa Rosenberg analizó el rol de los chistes inoportunos o de mal gusto en entornos donde hay un elevado nivel de estrés; por ejemplo, entre los médicos y enfermeros de las urgencias de un hospital. Entre otras, su conclusión fue que hacer bromas macabras sobre sus pacientes los ayuda a canalizar la presión a la que se ven sometidos ya que usar el humor negro “proporciona descanso mental e incrementa nuestra objetividad ante situaciones de estrés desbordante”. Es decir que, como afirmaba Mark Twain, “la fuente secreta del humor no es la diversión, sino el dolor”.

Si bien es habitual el debate sobre los límites del humor, la característica novedosa que presenta actualmente pasa por el incremento de crispación y agresividad entre quienes se ofenden. Por ejemplo, el humorista Rober Bodegas estuvo un mes sin salir de su casa tras recibir amenazas de muerte por hacer un chiste sobre la comunidad gitana, el presentador Dani Mateo denunció insultos hacia él y su pareja por un sketch en televisión en el que usaba la bandera española para sonarse la nariz y ‘Mongolia sobre hielo’, el show de los directores de la revista satírica Mongolia, Edu Galán y Darío Adanti, estuvo a punto de ser boicoteado tras una campaña en Twitter liderada por la formación ultraderechista España 2000.  “No estaríamos hablando de esta polémica si no hubiera irrumpido esta red social”, afirma Iríbar. “Es lo que marca la diferencia. Se nota la fuerza que ha cobrado y cómo es capaz de agrupar a indignados de cualquier ideología en torno a una persona que ha hecho algo que consideran intolerable”. Este “es, sin duda, el epicentro de todas estas polémicas. Creo que, a partir de ellas, los medios de comunicación y las empresas toman un montón de decisiones, pero el origen, siempre, está en esta red social”.

Y son, precisamente las consecuencias sociales las que más asustan a Raquel Sastre. “No puedo dar datos porque está bajo secreto de sumario, pero ahora mismo estoy inmersa en un proceso judicial, estoy denunciada. La posible repercusión penal no me da tanto miedo como la social“, explica. “Ha habido repercusiones sociales durísimas, mucho más que una penal. En España, la mayoría de las condenas son multas que luego se recurren y se ganan. Sí, es una putada –prosigue-, pero ir por la calle y que te insulten a ti o a tu familia…Y el problema –destaca- es que está llegando a cualquier persona anónima que, por poner algo, hay otros muchos que se erigen como el estandarte del honor y tienen la necesidad de explicarle a otros lo mal que lo están haciendo y arruinar sus vidas“. Esto, además de desproporcionado, la cómica lo encuentra algo hipócrita. “Anda que no habré visto yo a tíos quejarse sobre chistes machistas; ahora, ¿cuántos de ellos han dejado su trabajo porque no quieren estar en una empresa donde pagan menos a las mujeres que a los hombres, porque el 83% de la plantilla es masculina o porque despiden a las mujeres si se quedan embarazadas? Ninguno, porque eso significa tener problemas en tu vida real; ahora, comentar algo por redes sociales es facilísimo”.

¿Cuál será el desenlace de este debate? ¿Se reducirá la agresividad en las redes? ¿Escucharán los humoristas estas quejas y modificarán el contenido de sus chistes? Javier de Rivera reconoce que no puede predecir el futuro, pero “sí me gustaría que hubiera una mayor madurez por todas las partes, tanto para criticar los chistes que se consideren poco acertados como para tener una mayor sensibilidad respecto a las bromas que se hacen”. De Rivera insiste en que “hay que pensar que el humor es una expresión cultural y, por tanto, si queremos tener una cultura democrática, igualitaria y respetuosa, el humor tiene que responder a estos principios culturales”.

Esto último, según Iríbar, ya ha comenzado a pasar. “Hoy me corto mucho más. Hay chistes míos de hace unos años en los que sugería algo un poco soez y, aunque fueran de broma, hoy me suenan algo machistas. En parte, porque he cambiado y me parece menos gracioso decir eso en un escenario, pero también hay un punto en el que piensas que para qué te vas a meter en un lío”. Y no solo le ocurre a él. “Hay muchos ejemplos de cómicos en Estados Unidos que tratan temas muy polémicos, pero en España cada vez se está viendo menos porque cada vez hay menos público para eso. Hay gente que evita determinados temas, pero a la vez también creo que es un reto y que hay otra cierta parte del público que está esperando a que se traten con cierta gracia”. Además, considera positivo que se haya parodiado el debate sobre los límites del humor en dos comerciales ya que “aunque tampoco han gustado a todo el mundo y tienen sus críticos, es un síntoma claro de que a la gente de la calle le apetece reírse de todo este clima de crispación que impera”. A pesar de ello, “y a tenor de las nefastas consecuencias que está teniendo esta polémica”, Iríbar confiesa haberse sorprendido a sí mismo en una posición en la que “la comedia está por encima de casi todo. El humor debe ser protegido y, si alguien se ofende, que se ofenda; es el precio que pagamos todos para mantener un derecho fundamental del que cada vez me siento más activista”.