Azotes, fusilamientos y trabajos forzados: cómo fueron los castigos a los criminales a lo largo de la historia argentina

El Cabildo, además de funcionar como un espacio político, fue la primera prisión

Arrastraban cadenas, eran maltratados, no recibían comida y -andrajosos y hambrientos- estiraban sus brazos a través de las rejas pidiéndole a la gente que pasaba un pedazo de pan. También eran fusilados, todos juntos o a cuentagotas mientras sus verdugos apostaban entre risas cómo reaccionarían ante la muerte segura.

Este relato del horror, no es ficción. Así se “castigaba” a quienes cometían delitos cuando las cárceles, tal como se conocen hoy, no existían en nuestro país.

El libro Vigilar y castigar -publicado en 1976 por el filósofo historiador Michel Foucault– plantea, entre numerosos aspectos, la tendencia de las sociedades a naturalizar sus instituciones. Así, espacios como la prisión, la escuela y el manicomio se consideran la respuesta natural para lidiar con aspectos específicos o cubrir ciertas necesidades sociales cuando, en realidad, son una de las tantas opciones que existieron a comienzos de la modernidad.

Desde esta óptica, resulta interesante repasar algunas de las formas punitivas que existieron en el territorio argentino con anterioridad a la consolidación del Estado y sus cárceles.

Durante largos periodos los detenidos no recibían alimento, con lo que se agolpaban en las ventanas que daban a la calle para pedir ayuda

Durante la época colonial, los cabildos, además de ser espacios políticos, servían como prisión. En el de Buenos Aires se asignó para ello a la parte baja del edificio. El hacinamiento y la falta de aseo, hicieron del lugar un foco de enfermedades.

Tristemente sólo bastaba una sospecha para terminar entre rejas, dado que no existía la presunción de inocencia. Luego de la Revolución de 1810 el Cabildo siguió funcionando como cárcel y, de hecho, lo hizo hasta 1877.

Aproximadamente hacia 1820 la mujer se incorpora al espacio carcelario porteño.

“El pueblo presenciaba el triste espectáculo de una cuadrilla de presidiarios andrajosos y desgreñados, arrastrando pesadas cadenas, custodiados por soldados, dirigiéndose a los trabajos forzados”, escribió Wilde

José Antonio Wilde, escritor y médico argentino, observó esta situación siendo un niño y señaló años más tarde: “Por la reja de las ventanas que daban a la calle (…) se veían estas desgraciadas, muchas de ellas medio desnudas, hablando descaradamente entre sí o con los que pasaban por la calle, oyendo y dirigiendo chanzonetas (burlas) y otras veces pidiendo limosna”.

Lamentablemente durante largos periodos los detenidos -independientemente de su género- no recibían alimento, con lo que se agolpaban en las ventanas que daban a la calle para pedir ayuda.

Pero, llamativamente, los reos no estaban todo el tiempo encerrados: “Diariamente presenciaba el pueblo el triste y degradante espectáculo de una cuadrilla de presidiarios andrajosos y desgreñados –escribió Wilde-, arrastrando pesadas cadenas, custodiados por suficiente número de soldados, cruzar las calles, dirigiéndose a los trabajos forzados, pidiendo limosna a los transeúntes, e inspirando compasión y repugnancia a la vez (…) sobre los hombros, pesados barriles de agua que traían para el servicio de la Cárcel; de manera que, por una causa o por otra, continuamente se encontraban los presos en contacto con el pueblo”.

Estanislao López
Estanislao López

Una de las tareas que estos hombres desempeñaban era las matanzas de perros callejeros. Acompañados por carceleros y armados con garrotes, daban muerte a los animales con crueldad, incluso ingresaban a las casas particulares de ser necesario.

La mayoría de los asesinatos se cometían entonces con cuchillos, dagas o facones. Con el fin de combatirlos, Bernardino Rivadavia prohibió a los habitantes de Buenos Aires cargar cuchillos. Sus acciones, según los relatos de la época, convirtieron a Buenos Aires en un lugar más seguro.

Las puñaladas eran algo tan corriente en Buenos Aires que nadie se ocupaba de  aprehender al criminal. Si por casualidad era atrapado, bastaba una breve prisión en el calabozo para que el homicida quedara en libertad de cometer más crímenes

El viajero inglés George Love dejó testimonio de esto en sus crónicas: “La criminalidad ha disminuido desde que Rivadavia asumió el mando y se dictó un decreto prohibiendo el uso de cuchillos (…). Las puñaladas eran algo tan corriente en Buenos Aires que nadie se ocupaba de aprehender al criminal. Si por casualidad era atrapado, bastaba una breve prisión en el calabozo para que el homicida quedara en libertad de cometer más crímenes (…). Que las cosas tengan ese carácter ocasionaba el asombro de todos los extranjeros. Cuando llegaban por primera vez tenían la costumbre de andar armados por la noche; pero eso no sucede ahora, pronto cobran confianza”.

Regresando a las instituciones “carcelarias” de antaño, durante la década de 1830 la Aduana de Santa Fe funcionaba también como imprenta, sede de gobierno y prisión. El caudillo Estanislao López se encontraba al frente de la provincia y siendo aliado de Juan Manuel de Rosas, capturó a José María Paz en mayo de 1831 cuando este se preparaba para atacarlos.

José María Paz
José María Paz

En sus memorias, el general cautivo relató los excesos y ferocidades que se cometían en la cárcel santafesina donde estuvo algunos años. Destacó, por ejemplo, el modo en que el López tomaba represalias o castigaba a los nativos que habían participado de malones. En cierta oportunidad 100 aborígenes fueron hacinados en una celda para ser fusilados.

A diferencia de Rosas, que los hacía eliminar en grupo y de una vez, López mataba a tres por día. Cada día —sabiendo el destino que les esperaba— se negaban a salir de la celda y los carceleros pasaban horas tratando de convencerlos.

Mientras los ejecutaban podían escucharse burlas y apuestas entre sus verdugos sobre la actitud que tomaría cada víctima frente a la muerte. En cierta ocasión, arrojaron sus cadáveres al río y la gente dejó de consumir pescado durante meses suponiendo que se habían alimentado de carne humana.

La noche anterior a ser degollado el magistrado fue velado en vida en la puerta de la Iglesia de la Villa Salavina, tendido sobre un trapo negro entre cuatro velas. Una vez terminado el velatorio, fue obligado a cavar su propia fosa

Escribió Paz: “Era el espectáculo más afligente los semblantes melancólicos de aquellos infelices salvajes, que muchas veces no llegaban a los dieciocho años, que con una crueldad sistemática se depositaban todas las mañanas en la Aduana, para llevarlos por la noche al matadero (…) hasta ahora me acuerdo con viva emoción de sus miradas amargas y penetrantes, único lenguaje que nos era permitido”.

La ferocidad de Estanislao López fue moneda corriente en los modos de castigo a los que eran propensos los caudillos. Facundo Quiroga, por ejemplo, solía condenar a sus prisioneros a 600 azotes o hacer uso del “enchalecamiento”, que consistía en envolver al condenado en cuero vacuno, coserlo y dejarlo morir al sol.

Semejante forma de asesinar fue también utilizada por líderes como José Gervasio Artigas y el caudillo santiagueño Felipe Ibarra. Este último tuvo, además, una prisión en medio de la selva, donde almacenaba municiones y desterraba a quienes más aborrecía.

Juan Felipe Ibarra
Juan Felipe Ibarra

Sus enemigos sufrieron allí hambre, todo tipo de privaciones y maltrato. Emplazada sobre una zona rústica de Santiago del Estero conocida como El Bracho, la prisión carecía de alambrados o cercos. Es que no los necesitaba: la prisión se encontraba rodeada de alimañas, animales salvajes y tribus enemigas por lo que escapar era un camino seguro hacia la muerte.

Aun así, en 1843 don Pedro Ignacio Únzaga  -un juez de primera instancia que había quedado detenido allí- logró huir. Arrepentido, volvió a entregarse a las autoridades y solicitó que permitieran a su familia proporcionarle alimentos. Únzaga parecía un cadáver en andrajos, totalmente demacrado, con su cuerpo ardiendo en llagas.

Facundo Quiroga solía condenar a sus prisioneros a 600 azotes o hacer uso del “enchalecamiento”, que consistía en envolver al condenado en cuero vacuno, coserlo y dejarlo morir al sol

Sin piedad, Ibarra se negó y ordenó ultimarlo. La escena fue dantesca e incluyó los aullidos desgarradores de una anciana -madre del condenado- que de rodillas rogaba por la vida de su hijo. La noche anterior a ser degollado el magistrado fue velado en vida en la puerta de la Iglesia de la Villa Salavina, tendido sobre un trapo negro entre cuatro velas.

Una vez terminado el velatorio, fue conducido hacia la parte trasera de la iglesia y obligado a cavar su propia fosa. Cuando concluyó esa tarea fue ultimado sin piedad.

Más allá de cualquier interpretación posible, este recorrido deja entrever la incapacidad histórica de castigar a quienes violan la ley, sin cometer excesos e injusticias. Un saldo que, observando la actualidad carcelaria argentina, aún está muy pendiente.

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