“Tanto lo deseé que un día mi mamá llegó”: una chica “con suerte” y el drama de quienes esperan ser adoptados

Milagros junto a Mirta, su mamá (Foto: Lihue Althabe)

La situación no era la que Mirta había imaginado. Sus amigas estaban en pareja y pariendo a sus primeros hijos “en tiempo y forma”. Ella, en cambio, estaba soltera y luchando contra una infección en las trompas de falopio y un miedo sólido: “No voy a poder tener hijos”.

Fue una amiga quien le hizo una pregunta que Mirta todavía agradece: “¿Vos querés ser madre o llevar un bebé en tu vientre? Porque si lo que querés es ser madre hay un montón de chicos que quieren ser hijos“.

Fue pura casualidad pero cuando la idea de ser madre adoptiva se instaló en la vida de Mirta Lucero, Milagros acababa de nacer. Hace 13 años formaron juntas una familia monoparental (madre soltera e hija) y ahora cuentan su historia a Infobae en un bar de Chacarita.

Milagros y su mamá posan para Infobae en la Plaza Dorrego (Foto: Lihue Althabe)
Milagros y su mamá posan para Infobae en la Plaza Dorrego (Foto: Lihue Althabe)

Milagros tiene 17 años, está por terminar el secundario y su voz es el corazón de la entrevista. Sabe que tuvo “suerte” de haber sido adoptada y haber podido crecer en un núcleo familiar. ¿Suerte? Es que era “grande” cuando comenzó la vinculación: tenía 5 años pero 9 de cada 10 postulantes busca adoptar un niño de 1 a 4 años, según datos oficiales.

Además, su legajo decía que tenía un retraso madurativo. Los mismos datos oficiales indican que el 85% de quienes hoy están inscriptos en Argentina buscan adoptar niños sin ninguna enfermedad o discapacidad.

Ninguno de los otros seis chicos que vivían con ella -a los que llama “mis hermanos”- tuvo la misma suerte: “Crecieron esperando una familia y quedaron a la deriva cuando cumplieron los 18 años“, cuenta.

El encuentro
Milagros vivió sus primeros seis meses de vida con su abuela biológica. Su progenitora (esa es la palabra que usa para distinguirla de Mirta, su mamá, con quien tiene “un vínculo de amor”), tenía problemas de salud mental y tampoco había un padre capaz de hacerse cargo de ella.

Era bebé cuando su abuela asumió que no estaba en condiciones de darle una buena vida y decidió iniciar los trámites y buscarle una familia adoptiva.

La primera foto juntas
La primera foto juntas

“Al principio una se siente abandonada, después me di cuenta de que no era así. Mi abuela biológica pensó mucho en mí, se dio cuenta de que nadie podía cuidarme y que lo mejor era que me buscara una familia que pudiera. Ella me permitió tener hoy un vínculo familiar sano”, explica Milagros. Mirta (49) espera que su hija termine y acota: “Le permitió ser hija”, dice.

En ese entonces todavía existía un programa llamado “Amas externas” y Milagros fue a vivir a la casa de una “mamá sustituta”, en Avellaneda.  Llegó cuando tenía seis meses y durante cinco años el juez buscó en el registro de adoptantes una familia para ella, que en los papeles figuraba como “M”: una nena con diagnóstico de retraso madurativo que mantenía el vínculo con sus abuelos biológicos: no encontró ninguna.

El primer cumpleaños de Mili con su mamá, junto a otras nenas del hogar, a quienes considera “hermanas”.
El primer cumpleaños de Mili con su mamá, junto a otras nenas del hogar, a quienes considera “hermanas”.

Milagros era chica pero con el tiempo pudo ponerle palabras a esos años de espera: “Llegó un punto en que ya no estaba cómoda, necesitaba una familia. Mi mamá sustituta no era mi mamá, ella dejaba claro eso. Y yo empecé necesitar mi propia casa, mis propios padres”, cuenta.

Mirta Lucero, que es contadora, había decidido que no iba a perderse la oportunidad de ser madre sólo por no tener pareja. Sin embargo, había pensado en una nena más chica, que apenas supiera caminar. Escuchar a una pareja que había pensado en un bebé y había terminado adoptando hermanos de 10 y 13 años la impulsó a extender los límites.

“Mucha gente tiene miedo a la adopción de chicos más grandes, porque vienen con historias que por lo general son pesadas. Yo, la verdad, no lo pensé. Además, los grandes también tenemos nuestras historias, ¿o no?”, pregunta Mirta.

Tampoco tuvo miedo de que la nena tuviera vínculo con su familia biológica ni la fantasía de que, cuando creciera, fuera a abandonarla para volver con ellos. La ficha de M. quedó rondando en su cabeza: “Yo ya no buscaba la hija ideal, buscaba una hija”, sigue.

Era agosto de 2006 y fue a verla una vez, dos. En el segundo encuentro, Milagros le dijo ‘mamá’. Milagros sonríe con pudor cuando escucha la anécdota: “Yo estaba segura de que iba a tener una familia, tanto lo deseé y…apareció”, dice. “Me sentí segura y sentí el amor por parte de ella. No quería perderla, yo pensaba: ‘Esta es la mamá que yo quiero’“.

Recuerda también con detalles otro día de visita, al que Mirta llegó un poco tarde: “La esperé muy enojada. Tuve mucho miedo de que no volviera, pensé que me había abandonado, que se había arrepentido”.

A los 5 años y medio, Milagros pasó a tener mamá, tíos postizos, abuelos. Pasó a tener juguetes propios, una mamá atenta a su escuela y a su salud, dejó de comer apurada para que no le sacaran la comida. Poco tiempo después, cuando Mirta la llevó a una entrevista con la psicóloga, la sorpresa fue colectiva: del retraso madurativo no quedaban rastros.

“Me comprometí ante el juez a llevar a Mili a una escuela especial pero nunca la necesitó. Lo que le faltaba era amor, saber dónde estaba parada, cuál era su lugar en el mundo. Cuando lo encontró, el problema desapareció”.

Los chicos que esperan
En Argentina hay por lo menos 9.748 niños, niñas, adolescentes y jóvenes institucionalizados, según datos de la Secretaría Nacional de Niñez, Adolescencia y Familia. Algunos están a la espera de poder revincularse con alguien de su familia de origen. Otros sí tienen “estado de adoptabilidad” declarado y están a la espera de una familia adoptiva.

Lo que sucede es que, muchas veces, crecen y cumplen la mayoría de edad sin que una u otra situación se resuelva. “Lo que pasaba, en uno y otro caso, es que a los 18 años tenían que hacer el bolso e irse. Sin preparación, sin red, sin techo, sin haber terminado de estudiar, en mucha soledad”, explica a Infobae Mariana Incarnato, directora ejecutiva de Doncel, una asociación civil que ayuda en la transición entre “el adentro” y “el afuera”.

“Cuando hicimos un relevamiento entre jóvenes que habían egresado vimos que un porcentaje alto había estado en situación de calle alguna vez, a veces sin comer. Muchos habían dejado la escuela y, si tenían un trabajo, era muy precario”, cierra.

“Esta es la mamá que yo quería”, dice Milagros. (Foto: Lihue Althabe)
“Esta es la mamá que yo quería”, dice Milagros. (Foto: Lihue Althabe)

Milagros no conoce a Mariana pero sabe de lo que habla: “Los chicos que esperan viven con mucha ansiedad, mucha angustia, mucho dolor. Es una lucha constante: querés superar tu historia pero no le encontrás una salida a lo que te pasó. Una salida es llenar ese vacío, porque te falta afecto, cariño, un abrazo, alguien que se ocupe de vos, que te haga el desayuno, que se siente con vos en la mesa familiar, que haya parientes”.

El resto de sus “hermanos” cumplieron los 18 y tuvieron que irse del hogar que compartieron. Uno de ellos estuvo en situación de calle, “tuvo malas juntas”, contrajo HIV y murió hace dos años. “Había estado desde que tenía 1 año esperando que alguien lo adoptara”, dice Milagros, con tristeza.

Milagros y sus “hermanitos” del hogar
Milagros y sus “hermanitos” del hogar

A todos los demás los vio la semana pasada, cuando fueron a comer a su casa. Mirta cree que hay que promover la adopción de chicos más grandes para que no sea “una lotería”: “A ella se lo dicen siempre: ‘Qué suerte que tuviste, Mili”, cuenta. 

“Me costó mucho superar la sensación de bronca cuando pensaba en mis progenitores: ‘¿Por qué me tuvieron si ninguno de los dos podía hacerse cargo?’. Pero haber tenido una mamá que me apoyó y que me ayudó a levantarme cada vez que me caía, me permitió superar esa historia”, sigue.

“Un chico que no tiene a nadie se tiene que levantar solo, tiene que avanzar solo, y es muy doloroso. Vos ves familias en la calle que salen a pasear con sus hijos y pensás: ‘¿Por qué a mi no me pasa?”.

Lihue Althabe
Lihue Althabe

Por todo esto es que en 2017 se sancionó una ley (27.364), que fue reglamentada hace dos meses. “La ley les garantiza un apoyo económico desde los 18 hasta los 21 años para que puedan mantenerse y terminar el secundario. Y garantiza el derecho a que un referente los acompañe desde los 13 años y los ayude a preparar un ‘plan de egreso’: salud, vivienda, identidad, empleo”, detalla Incarnato.

“Eso es muy importante, yo lo he visto -dice Mirta-. En el hogar los tratan como niños y de repente llegan a los 18 y tienen que ser adultos de un día para el otro. Algunas chicas salen y enseguida quedan embarazadas. A este chico que tenía HIV le seguían hablado de ‘el bichito’. Nadie le había enseñado cómo cuidarse y cómo cuidar a los demás”.

Ya no sucede pero dice Milagros que ha llegado a sentir culpa: “¿Por qué ella pudo ser adoptada y sus hermanos no, si estaban en las mismas condiciones?”.

Por eso piensa en quienes se anotan en el Registro único de adopción con demasiados “peros”: “Ojalá puedan entender lo que sienten un chico que espera una familia y no sólo lo que sienten quienes desean ser padres”.

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