La invención de Bioy Casares: un repaso por su vida y sus libros, a 20 años de su muerte

Adolfo Bioy Casares

No llegó al nuevo milenio, sin embargo lo predijo. Su cabeza, delirante y ordenada, siempre estaba un paso adelante. No se trata sólo de aquella joya de la literatura fantástica escrita en 1940 que fue La invención de Morel, sino su obra en general: preciosista, ecléctica, vanguardista.

Adolfo Bioy Casares murió un día como hoy —8 de marzo— pero de 1999. Tenía 84 años. Lo supo en vida, porque todos lo decían: fue y es uno de los más importantes escritores que tuvo Latinoamérica. Y lo seguirá siendo. A veinte años de su muerte, entre los más chicos aparece una pregunta: ¿Quién fue este narrador, esposo de Silvina Ocampo, íntimo amigo de Jorge Luis Borges y ganador del Premio Miguel de Cervantes 1990 y el Konex de Brillante en 1994?

Sí, nació en cuna de oro, el 15 de septiembre de 1914 en Buenos Aires, en una casa patricia de Recoleta. Entre sus antepasados estaba el  colonizador español Domingo Martínez de Irala aunque también lleva en su sangre un remoto origen mestizo guaraní que compartía con muchos próceres de la época de la Independencia.​ Hijo único, además. Tuvo la suerte de poder dedicarse exclusivamente a la literatura. Lo hizo con dedicación. Su primer relato, Iris y Margarita, lo escribió a los once. Estudió Derecho, Filosofía y Letras, pero ninguna carrera terminó. Algo decepcionado por el ámbito universitario, se volvió autodidacta.

Leía y leía sin parar —no sólo español, también inglés, francés y alemán—, tenía el tiempo para hacerlo. Pero algo más: pasión por la lectura.

Bioy Casares, en sus últimos años
Bioy Casares, en sus últimos años

Barajar y dar de nuevo

Hay un punto de quiebre en su obra al que los especialistas llaman maduración. Entre 1929 y 1937 Bioy publicó varios libros (Prólogo, 17 disparos contra lo porvenir, Caos, La nueva tormenta, La estatua casera, Luis Greve, muerto) pero los repudió. “Son horribles”, dijo y prohibió las reediciones. Quiso empezar de nuevo, decididamente. Barajó las cartas y dio otra vez. Así llegó una temprana obra maestra, La invención de Morel, en 1940, el año en que se casó con Silvina Ocampo.

“No me parece una imprecisión o una hipérbole calificarla de perfecta”, escribió Jorge Luis Borges en el prólogo. ¿Existe un mejor argumento para leerla?

El protagonista es un hombre, fugitivo en una isla del Caribe. Comienza a escribir un diario cuando ve que llega un grupo de turistas. Aunque considera esta presencia un milagro —porque ha estado sólo mucho tiempo—, teme que puedan atraparlo y entregarlo a las autoridades. Oculto entre la arboleda, los espía y se encuentra con que no son lo que parecen ser. Aparece, entonces, en la temprana primera mitad del siglo XX, la idea del holograma. La novela es atrapante, se lee de un tirón y provoca reflexiones filosóficas en cualquier lector.

Distintas ediciones de “La invención de Morel”
Distintas ediciones de “La invención de Morel”

Ese mismo año se puso al hombro un nuevo y ambicioso proyecto: Antología de la literatura fantástica. “Viejas como el miedo, las ficciones fantásticas son anteriores a las letras”, comienza Bioy en el prólogo de esta antología que construyó junto a Silvina Ocampo y Jorge Luis Borges (al año siguiente hicieron juntos la Antología poética argentina).

El interés aquí, en este libro, es la ciencia ficción pero vista desde un ángulo más general, por eso el término literatura fantástica. Así fue que construyó un panorama del género, incipiente en América latina pero ya consolidado en el mundo. Hay cuentos de estos tres autores argentinos, pero también de Lewis Carroll, Jean Cocteau, G. K. Chesterton, Elena Garro, James Joyce, Franz Kafka, Edgar Allan Poe y H. G.Wells, entre otros, así como también más argentinos: Julio Cortázar, Leopoldo Lugones, Macedonio Fernández y José Bianco.

Las irrupciones de la fantasía creadora, lo inexplicable, lo misterioso, lo sobrenatural… todo acá es una gema. Bioy le sacó brillo como nadie, y se lo acercó a un público ávido por leer cosas nuevas.

Amistades más que literarias

Tenía 18 años cuando conoció a Borges, quince años mayor que él. Fue en Villa Ocampo, la casa de Victoria Ocampo de San Isidro, lugar de confluencia de las más emblemáticas figuras internacionales de la cultura.

Un día, entre tanta muchedumbre intelectual, ambos muchachos se apartaron un poco a conversar. Estarían cansados de tanta cordialidad tal vez, o los temas que en ese momento se debatían les producían un profundo tedio. “No sean mierdas, atiendan al invitado”, los retó Victoria por lo bajo al verlos. Borges no toleró el comentario y se fue ofendido. Bioy decidió acompañarlo porque, desde luego, no le había causado ninguna gracia. En el viaje de regreso a la ciudad, conversaron de todo. A partir de ese día nació la amistad.

Borges y Bioy
Borges y Bioy

Fue así que se generó una de las duplas más célebres de la literatura argentina. Juntos hicieron mucho: colecciones de relatos (Seis problemas para don Isidro Parodi, Dos fantasías memorables, Un modelo para la muerte), guiones de cine (Los orilleros, Invasión) antologías de cuentos fantásticos (la mencionada Antología de la literatura fantástica, también Cuentos breves y extraordinarios), la colección El séptimo círculo (traducciones de las mejores novelas policiales de lengua inglesa) y la creación de dos seudónimos donde ambos se fusionaron: H. Bustos Domecq y Benito Suárez Lynch.

Bioy escribía sin parar. Anotaba todo y tenía un diario que se publicó en 1994 bajo el título de Memorias. Y entre esas anotaciones, una gran cantidad se referían a su amigo: anécdotas, detalles, observaciones… aproximaciones cotidianas al hombre detrás del genio. En 2006 se publicaron como Borges, un inmenso volumen de más de mil seiscientas páginas. Antes de morir, todo había quedado preparado y corregido, no alcanzó a publicarlo. Hoy ese libro es vital para la literatura hispana.

“No hay mayor error que llamar intelectuales a los escritores”, escribe Bioy, que dice Borges, en una conversación que tuvieron 1969. Otra, en 1955: “Todas estas polémicas literarias son como efusiones de sangre en el teatro: después nadie muere”.

“Borges”, el libro de Bioy Casares
“Borges”, el libro de Bioy Casares

El amor de Silvina

Con Silvina Ocampo, dijimos, se casó en 1940. Podría decirse, también, que juntos fueron mucho más que una pareja que culminó, luego de más de 50 años de romance, con la muerte de la escritora nacida en 1993 tras un tortuoso Alzheimer. Y fueron mucho más que una máquina romántica de producir libros. Mucho más que un matrimonio duradero, cómplice, que crió una hija, Marta, fallecida días después que Silvina, a los 39 años. Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo fueron una sociedad que leyó como pocos han leído en el mundo. Su gran biblioteca con más de 17 mil libros lo prueba.

Lectores, primero. Y en consecuencia escritores. Un sólo libro escribieron juntos. Una novela titulada Los que aman, odian en 1946. Allí, en esas páginas tecleadas a cuatro manos, se narra la historia del doctor Humberto Huberman, médico homeópata, que llega al solitario hotel de Bosque de Mar para pasar unos días de descanso, sin sospechar que allí se producirá un asesinato. Una fuerte tormenta obliga a todos los huéspedes a quedarse allí durante cuatro días y cuatro noches. El asesino está entre ellos y todos son sospechosos. Un policial con ribetes negros.

Se conocieron en 1932 y la muerte los separó en 1993: 61 años juntos, de la mano, yendo hacia adelante. ¿Que ambos tenían amantes? Sí, es cierto, aunque no importante. El amor siempre va más allá.

El matrimonio Bioy-Ocampo rodeado de sus libros
El matrimonio Bioy-Ocampo rodeado de sus libros

A Bioy se lo conoce también por sus cuentos. Para muchos es uno de los mejores cuentistas de las letras latinoamericanas. El héroe de las mujeres, publicado en 1978, tal vez sea el mejor ejemplo. Pero no cabe duda que sus novelas lograron trascender: Diario de la guerra del cerdo (1969) y Dormir al sol (1973), por ejemplo. Como se ve, su obra toma muchas formas y caminos. Los géneros no le son obstáculos, todo lo contrario, se metió en cada uno de ellos con galantería y determinación.

Hoy, a veinte años de su muerte, volver a leerlo es fundamental. No para validar el efemérides, sino para comprobar que su buena prosa y sus giros argumentales aún hoy son vanguardia. Leerlo por el simple de hecho de disfrutar una buena lectura. Eso que tanto disfrutó Bioy durante toda su vida: literatura.

¿Acaso no es esa una de las mejores cosas que ha creado la humanidad, y Bioy, tal vez, uno de sus mejores representantes?

 

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