Inquisición de género: Caperucita Roja censurada por “sexista”

El clásico infantil Caperucita Roja y el lobo, catalogado como “sexista”

Recientemente, una escuela pública de Barcelona inició la revisión de los textos de su biblioteca y censuró unos 200 cuentos infantiles por “tóxicos”. En el Index de esta nueva Inquisición, junto a otros títulos, cayó el clásico de clásicos Caperucita Roja, por “sexista”.

Según la comisión encargada de esta pesquisa, sólo 10 por ciento de los libros estaba escrito desde lo que llaman “perspectiva de género”. No significa que el 90 por ciento restante fue a la hoguera. No. Hubo indulgencia con un 60 por ciento de ellos por ser sólo “levemente” sexistas. El treinta por ciento restante fue vetado a los niños de esa escuela.

Entre ellos, por ejemplo, La leyenda de San Jorge y el Dragón. Y ello pese a que, en Cataluña, el Día Mundial del Libro, 23 de abril, coincide con la Diada de Sant Jordi, fiesta de San Jorge, santo patrono de la región. Entre historia y leyenda, Jorge de Capadocia fue un soldado romano del siglo III que luchó contra un dragón para liberar a una aldea y, en ciertas versiones, también a una princesa…. ¡horror!!! Mejor la hubiera entregado a las fauces del monstruo, porque hoy está pagando cara su osadía machista: La Leyenda de San Jorge y el Dragón, clásico infantil, no pasa la prueba de género.

Al coincidir la San Jorge con el Día del Libro, los padres catalanes solían obsequiar ese cuento a sus hijos. Una tradición inaceptable para las inspectoras de género puesto que la historia repite un estereotipo -“una construcción cultural”-, la del héroe que salva a la dama. Así, una parte del acervo cultural catalán es sacrificado en el altar de la corrección política.

“Esto se está desquiciando -escribió Jacinto Antón en el diario El País-. ¿Hemos de preocuparnos porque no haya paridad en Los tres cerditos (seguramente alguien pondría el grito en el cielo si fueran Las tres cerditas)?, ¿sería mejor que la fea fuera patita?”

Peligran Los Tres Mosqueteros. ¿Y qué hacer con las muchas novelas clásicas que no cumplen con el cupo femenino, como Robinson Crusoe, Moby Dick o La isla del tesoro?

¿Es dañino para las niñas leer libros con protagonistas varones?

La inquisición de género no se detuvo ni siquiera ante El Principito, obra cumbre de la literatura juvenil. Con el argumento de que “las personas pertenecientes a grupos tradicionalmente discriminados pueden ver reflejada su realidad sin necesidad de renunciar a nuestras joyas literarias (e) identificarse más fácilmente con los personajes protagonistas”, una editorial -española también- transformó a El Principio en La Principesa (sic).

Para “construir una visión del mundo más amplia e inclusiva”, el emblemático personaje de Antoine de Saint-Exupéry será mujer y en vez de una rosa hay un clavel con espinas… La nueva versión también es vegana: los animales son tan buenos que la boa no se come al elefante. Aprovechando que el autor no tiene quien lo defienda, mantuvieron su firma en este engendro. Y van por más: su objeto es “reformular las obras maestras de la literatura para dotar de significado a su carácter universal”.

Como si no lo tuvieran ya.

Las neofeministas nos toman por tontas. Lo más molesto de estas iniciativas es que expresan una profunda subestimación de las mujeres: tanto adultas como niñas. Parece que no pudimos gozar de la literatura universal hasta que llegaron estas amazonas justicieras para reescribir los títulos, invertir el género de los héroes clásicos y declinar los adjetivos en femenino para que los podamos entender.

¿Es ofensivo para una niña leer un cuento en el que el personaje principal es masculino? ¿No se conmueven las mujeres con los sentimientos universales que expresa el libro de Saint-Exupéry porque El Principito es un varón?

A lo largo de la historia, las mujeres fueron coprotagonistas de muchas luchas sociales, fueron parte de esa fraternidad que ha inspirado tantas veces a la humanidad y le ha permitido construir sociedades más justas, sin esperar la llegada de las neofeministas con su “sororidad”, ese horrendo vocablo de cacofonía escatológica.

Realmente nos subestiman.

Tampoco es nueva esta zoncera revisionista. Ya hubo quien inventó un test para evaluar si una película supera la brecha de género. Los criterios que debe reunir un film para tener el visto bueno feminista son: que aparezcan al menos dos personajes femeninos; que esos personajes hablen entre sí en algún momento (algo así como de mujer a mujer); y que esa conversación no versara sobre hombres (como si no fuese uno de nuestros grandes temas).

Films tan dispares como Star wars, Trainspotting, Gladiador, la saga de El señor de los anillos, Regreso al futuro o Perros de la calle no cumplen los requisitos.

¿Y las películas sobre guerras en las que las mujeres, gracias al patriarcado, no tomaban parte? No se salva ninguna. ¿Son también sexistas?

Mel Gibson en el film Gallipoli, sobre la Primera Guerra Mundial
Mel Gibson en el film Gallipoli, sobre la Primera Guerra Mundial

En el fondo, como en las dictaduras comunistas, el neofeminismo le reclama a los artistas que sus obras sean “edificantes”.

La “perspectiva de género” que reclaman significa que debemos leer toda la historia en clave de guerra de sexos.

Volviendo a Caperucita, sus censoras ignoran que existe otra versión del mismo tema, El lobo y los siete cabritos, cuento posiblemente originado en un tronco común de tradiciones (Charles Perrault y los hermanos Grimm fueron sólo compiladores): una cabra deja solos a sus 7 pequeños en casa -no se dice el género, así que por ese lado no hay problemas- recomendándoles no abrir la puerta a nadie. Llega el lobo fingiéndose cabra, entra a la casa y devora a los siete cabritos. Regresa la madre y los rescata de la panza de la fiera.

El tema es el mismo, y demuestra que la historia en ambas versiones no tiene nada que ver con el género, por más que Caperucita lleve falda, haga mandados y la trama incluya dos femicidios (en grado de tentativa). Los cuentos infantiles son metáforas de la realidad: aquí, malos que adoptan una fisonomía familiar para engañar a sus víctimas. En todas las culturas, en todos los folklores, existen este tipo de historias, y tienen una función. Exorcizar los miedos, distinguir el bien del mal, los valores positivos de los negativos.

Hay cuentos infantiles que exponen con crudeza el maltrato familiar: Hansel y Gretel, Cenicienta, Blancanieves… ¿Los prohibimos? 

¿De dónde viene este empecinamiento de género?

En el mundo occidental capitalista las mujeres han conquistado hace tiempo todos los derechos. No existen leyes ni normativas patriarcales que derribar. Sin embargo el discurso reivindicativo crece en forma inversamente proporcional. Como dice el filósofo francés Alain Finkielkraut, “las neo-feministas son malas ganadoras”. “No creo que en las democracias occidentales las mujeres estén viviendo hoy bajo el yugo de los varones. Esta imagen de una dominación masculina aplastante me parece mentirosa. Las mujeres, muy felizmente, han ganado todos sus combates”.

Pues bien, allí donde no existe el patriarcado habrá que inventarlo; se necesita un enemigo. Y eso explica este movimiento inquisitorial.

Partiendo de la arbitraria lectura de que toda la evolución de la humanidad se basó en la explotación del varón por la mujer, se ingresa en un revanchismo trasnochado que quiere llevarse por delante los idiomas, las tradiciones, el pasado y el arte.

Habrá que darle la razón a Mario Vargas Llosa que hace unos meses decía: “Hoy el feminismo es el más resuelto enemigo de la literatura”. Sorprende en todo caso la naturalidad con la cual recurre a la censura un movimiento que dice inspirarse en la búsqueda de la libertad. 

Mejor no dejarlas entrar a los museos. ¿Por qué las mujeres están desnudas en el Desayuno en la hierba y los varones no? ¿Dos ancianos libidinosos acosan a Susana en la célebre tela de Rembrandt? Hombres que luchan y mujeres que lloran en El (sexista) juramento de los Horacios de Jean-Louis David…

No demos ideas.

Dejeuner sur l’herbe, un clásico del pintor impresionista Edouard Manet
Dejeuner sur l’herbe, un clásico del pintor impresionista Edouard Manet

Seguí leyendo:

Alain Finkielkraut: “Las neofeministas son malas ganadoras”

El mito de la invisibilidad de la mujer en la historia