A solas con Tiziana, la niña trans que rompió el silencio a los 8 años: “Soñaba que me miraba en el espejo y era nena”

Saco de la vidriera una vincha forrada en peluche rosa con forma de orejas de gato. Saco también una plateada, con un cuerno mullido de unicornio en el centro. Son chiquitas las vinchas, sé que me van a apretar, pero igual me las pruebo. Recién ahí, frente al espejo de un “Todo Moda” de Villa Crespo y mientras elijo “algo que podría gustarle a una nena“, me doy cuenta.

Se lo digo a Diego Barbatto, el alma detrás de los documentales de Infobae, mientras organizamos el viaje a Salta. En los últimos años entrevisté a muchas mujeres trans adultas y, salvo alguna excepción, sus historias parecen siempre calcadas: el recuerdo de sentirse nenas desde la infancia, el rechazo de la familia, la expulsión o la huida de casa después, el alejamiento de la escuela mientras, la prostitución como un destino, el riesgo enorme de morir enfermas o asesinadas antes de la edad que tengo yo hoy con esta vincha rosa frente al espejo.

Tiziana y su nuevo documento: hace nueve meses volvió a nacer (Foto: Diego Barbatto)

“¿Qué tan distintas habrían sido las vidas de esas mujeres trans si hubieran podido vivir libremente lo que sentían desde la niñez?”, es la pregunta que nos hacemos. “¿Qué tan distinta sería la vida de una persona trans si la primera ficha del dominó (la aceptación en casa) no cayera y empujara a las otras?”. Con esas preguntas viajamos 1.600 kilómetros a conocer a Tiziana Contrera.

La nena de pelo trenzado que ahora nos recibe descalza y sonriente cumplirá 11 años en febrero, pero tuvo un segundo nacimiento hace nueve meses: en abril se convirtió en la primera “niña trans” de Salta en cambiar su identidad de género en el DNI.

La voz de Tiziana
Fue un día del verano de 2017, de noche y en el auto de su papá, mientras volvían de la academia de baile a la que Tiziana va tres veces por semana. Su papá manejaba, su mamá iba en el asiento del acompañante, Tiziana -en ese entonces un varón de pelo corto- iba atrás, en el medio.

“Yo pensaba: ‘¿Les digo o no?’, ‘¿me van a retar o no?’. Y les dije”, cuenta Tiziana frente a la cámara de Infobae, sentada en su cama de una plaza. Cerca, sobre la cómoda, hay una fila de trofeos: uno dorado con azul y tres dorados con rojo. El azul lo ganó “mientras era varón”, señala su mamá. Los rojos, siendo nena.

“Les dije que había soñado que me despertaba, iba al baño, me miraba en el espejo y era una nena. Y que siempre había querido ser una nena“, sigue Tiziana. Después le hizo una pregunta a su mamá -Graciela Puchetta, 47 años, ama de casa-, del modo en que pregunta una persona de 8 años: “¿Puedo ser nena?”.

Graciela ya había notado que “no era el clásico varón” y se imaginaba que, cuando llegara la adolescencia, Tiziano iba a decirle que era gay. Es Tiziana quien interrumpe y hace la distinción: “Yo le había preguntado a mi mamá ‘¿qué es ser gay?’ (se lo preguntó cuando tenía 6 años). Ella me explicó que son dos hombres que cuando son grandes se besan, se casan. Y yo le dije: ‘no, no es eso’. Después les dije que quería ser nena. No gay: nena”.

 

Pasaron dos años y todos en la familia recuerdan detalles distintos de la escena del auto. Tiziana, que sus padres se pusieron “pálidos” y que “creyeron que era un juego”. Graciela, que se dio vuelta y pudo verle la expresión de alivio. Damián Contrera -49 años, papá, “muy creyente en Dios, en Jesús, en el Espíritu Santo, protestante de nacimiento y criado de una forma muy conservadora”-, estacionó.

“Para mis adentros pensé: ‘No puede ser'”, recuerda él. “Yo lo voy a llevar a un psicólogo, debe ser que está mucho en Internet y esas cosas”. Después, mientras ceba mate dulce, dice que en aquel entonces él era “demasiado homofóbico. Era agresivo verbalmente. Conmigo no se podía hablar de ese tema. Para mí eran ‘esos putos de mierda’, esos trolos, esos travas. Yo era de los que decían: ‘Mira cómo andan en bolas por la calle'”.

Fue una escena mínima, que Damián vio por la ventana mientras cocinaba unos días después, lo que marcó el quiebre. Cuatro vecinitos -dos nenas, dos varones- invitaron a Tiziano a jugar al fútbol. Como nunca le había gustado el fútbol, dijo que no. “Los chicos, todos de 10, 12 años, dijeron ‘ah, el puto, déjenlo’, y se fueron. Y ella se quedó sentada en el cordón sola, llorando”.

Recordar la escena lo hace llorar. “Ahí me dije a mí mismo: ‘Nunca más’. No puedo ponerme del otro lado yo también. No puedo rechazarla, no puedo negarle mi amor ni mi apoyo”. Graciela atravesó un proceso distinto: empezó a buscar en Internet “otras historias y otros lugares donde pedir auxilio” y lo que encontró fueron puras “noticias policiales”: chicas trans que habían sido golpeadas, violadas, asesinadas. “Me sentí aterrorizada. Y ahí dije: ‘Yo no quiero una vida así para mi hija”.

Puertas adentro, a Tiziana le permitieron usar aros y pintarse las uñas y todos recuerdan una pollera que cosieron con los retazos de tela que arrancó de una vieja sombrilla verde. La primera vez que salió a la calle vestida de nena fue para “El Milagro”, una procesión en la que, cada año, 800.000 personas veneran a sus Santos Patronos, El Señor y la Virgen del Milagro. Se mezclaron en la multitud, alguien le dijo “cuidado, nena”. Fue la primera vez que le dijeron “nena” y para ella fue la gloria.

El rechazo, sin embargo, llegó de los lugares más variados: de una abuela ya mayor, de muchos de sus hermanos (de entre 16 y 26 años) y de la escuela. Además, en el Ballet Provincial, donde bailaba como varón, pasó a ser “oyente”. Le digo a Tiziana que no hablemos del rechazo de sus hermanos, que no quiero que se ponga mal. Ella levanta las cejas y dice:

“No me importa. Lo único que quiero es que me respeten. No que me acepten, no que me digan ‘reina’: que me respeten. Yo quiero ser nena. Y soy nena. Y siempre seré nena. Eso les digo a mis hermanos”.

Dicen sus padres que no siempre fue así: ni tan sonriente, ni tan aguerrida. Los dos recuerdan a Tiziano como “un niño triste”, que no jugaba con nadie, que lloraba cuando le ponían el pintorcito celeste para ir al jardín, que rompía los autitos que le regalaban y que “se deprimía” cuando le cortaban el pelo.

“¿Quién es Tiziano en tu vida?”, “¿te molesta que esté ahí?”, le pregunto a la nena.”No me molesta pero ya no me lo imagino. Tiziano es el pasado. Es alguien que no va a ser en el futuro”, explica. “¿Y quién es Tiziana?”, sigo, mientras veo caer los mitos: nadie la guiona, no mira a nadie antes de responder. “Es una niña que cambió y está feliz -contesta-. Y siempre va a estar feliz, hasta que sea vieja“.

La escucho y pienso que ella no formará parte de la estadística que muestra que las mujeres trans mueren, en promedio, a los 35 años. La escucho mientras leo la cartulina rosa que tiene pegada en la cabecera de su cama, un regalo de mujeres trans adultas que lucharon para allanarle el camino a las nuevas generaciones: “Nuestra venganza será llegar a viejas”, dice.

Tiziana en el patio de su casa, en la capital de Salta (Foto: Diego Barbatto)
Tiziana en el patio de su casa, en la capital de Salta (Foto: Diego Barbatto)

El nuevo DNI
La noticia llegó a los medios nacionales y de muchos lugares del mundo: con el aval de la Ley de Identidad de género, promulgada en 2012, una niña de 10 años había cambiado su DNI en la provincia más conservadora de la Argentina. Fue Tiziana quien le dijo a sus padres que quería cambiar su documento recién cuando tuviera 10. Calculó los tiempos con una lógica de niña: quería que le creciera el pelo para la foto.

Le pregunto qué cosas hacía a escondidas antes de que sus papás supieran: dice que “antes, cuando era varón” veía “películas de nena” y que se ponía los tacos de su mamá para jugar con sus primas. Después se ríe y confiesa algo que deja congelada a su mamá: “Cuando miraba mi documento sentía que no era yo, por eso los perdía”. Después saca del cajón de su mesa de luz su nuevo DNI. En donde dice “sexo” ya no dice M sino F. Lo recorre con el índice, lo acaricia: “Este es mi tesoro, nunca se me va a perder”, dice.

Que el nombre de su documento dijera “Tiziana Sarai Contrera” no cambió las cosas en la escuela: “El primer año me sentí ignorada, triste, amenazada. Sólo por usar aritos o tener el pelo más largo, todo el tiempo me decían que iban a citar a mi mamá”. Pidieron un documento femenino, aún cuando el apartado “trato digno” de la ley dice que deben llamar a la persona trans por el nombre que elija, sin necesidad de ningún papel. “Pero cuando lo tuve -cuenta Tiziana- igual me dejaron al final de la fila de varones“.

Su mamá salió llorando tantas veces de la escuela que se dio cuenta de que tenía que “sentarse a estudiar y luchar con inteligencia”. “Le decían ‘Tiziano’, ‘papito’, ‘changuito’, ‘mijito'”, enumera Graciela. “Mi hija venía angustiada y me preguntaba: ¿Mamá, está mal lo que yo siento?”. Graciela hizo denuncias por violencia institucional, discriminación y violencia de género. Terminó cambiándola de escuela: en la nueva, entró con su nombre de nena y no dio explicaciones a nadie.

“Salta es una provincia muy conservadora pero van a tener que cambiar. Tiziana está mostrando una realidad: las infancias trans existen. Por más que lo quieran negar, ella se los recuerda todos los días”.

Fue su mamá quien le bordó, mirando tutoriales de Youtube, los canutillos en la malla blanca con la que Tiziana ganó el primer premio de baile. Es su mamá quien la sigue llevando a conocer a otras mujeres trans adultas para que escuche sus relatos y aprenda a defender sus derechos. Fue su mamá quien investigó para saber qué hacer cuándo Tiziana deje de tener cuerpo de nena y esta vincha de peluche rosa con orejas de gato pase al cajón de los recuerdos.

Pronto vendrán los bloqueadores hormonales (para evitar el vello en la cara y el desarrollo de los rasgos más cuadrados, la nuez de adán, la voz gruesa). Y en unos años vendrá la terapia hormonal de feminización, para inducir cambios físicos durante la pubertad (una cadera más redondeada, algo de busto y cola, una voz más aflautada). Poder hacerlo de la mano de sus padres y de la Salud Pública significa no tener que hacerlo sola, “inyectándose cualquier porquería”, en un consultorio clandestino.

Junto a Graciela y Damián, sus padres (Foto: Diego Barbatto)
Junto a Graciela y Damián, sus padres (Foto: Diego Barbatto)

Tiziana sabe también, gracias a las mujeres trans de Salta, qué es la ley de “cupo laboral trans” por la que tanto luchan y la importancia que tiene para que la prostitución deje de parecer un destino. En la respuesta a su “¿qué querés ser cuando seas grande?” ya se ve el cambio: quiere ser abogada.

Estamos por terminar y Tiziana llora cuando le pregunto qué piensa de los padres que le tocaron y de la importancia que tiene y tendrá en su vida que la hayan aceptado. Dice que “son lo mejor” y que sabe que siempre la van a acompañar.

Damián dice que su hija le enseñó “el verdadero respeto hacia los otros”. Graciela que sólo quiere que sea “libre” y que es Tiziana quien viene dándole lecciones de vida: “A veces le preguntan qué piensa de quienes la rechazan. Ella contesta: ‘Problema de ellos’. En eso me enseña, yo misma he vivido siempre siguiendo los preceptos de los demás. Ella, con sus 10 años, es más valiente que mucha gente a lo largo de toda la vida”.

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