Día del ajedrez argentino: un tributo a Miguel Najdorf, el hombre que nació dos veces

Miguel Najdorf llegó sin un peso a Buenos Aires. Al principio compraba corbatas en las tiendas del Once y luego de una larga caminata las vendía en el barrio Liniers.

Por Carlos A. ILARDO

Esta es una pequeña historia dentro de una gran historia; hoy, en la Argentina y desde hace 22 años se celebra el Día del Ajedrez, un tributo en fecha coincidente con el aniversario del nacimiento de Don Miguel Najdorf, sucedido el 15 de abril de 1910, en Varsovia; el hombre que nació dos veces sin pasar por el requisito de la muerte.
Mojsze Mendel fue el quinto fruto del árbol del amor de Gdalik (administrador de la curtiembre familiar y adepto al escolazo) y de su mujer Raissa (una austera ama de casa); un matrimonio judío polaco, sin apremios económicos y ciudadanos de una nación repartida a jirones entre Prusia, el Imperio austrohúngaro y Rusia Imperial. Mojsze -al que apodaron Mikel- era el menor de los hermanos y, por ende, el malcriado por Josek, Salek, Merik e Iacha.
El recuerdo sepia asegura que fue en 1924, a los 14, cuando Mikel descubrió el ajedrez casi por casualidad; de visita en la casa de un compañero de escuela (Rubén Fridelbaum), fue su papá, un violinista de la filarmónica de Varsovia, el que le reveló los secretos del juego. Aprendió los rudimentos, memorizó las celadas, sintió el rigor de las primeras derrotas y apostó al estudio para perfeccionarse; desde ese día jamás supo o quiso apartarse del ajedrez. Descifrar las encrucijadas del juego se convirtió en su mayor obsesión; descuidó el colegio y las amistades. Su entorno se volvió binario, un universo blanco y negro, y una vida tan compleja como una partida de ajedrez.
El desinterés por la escuela encendió las alarmas en el hogar y así surgieron los primeros castigos. “Me van a crecer margaritas en las manos antes de que llegues a algún lado con este jueguito”, lo amenazó Raissa. Por eso, primero le prohibieron jugar, le escondieron los juegos después, y le quemaron todos los libros y piezas como telón del correctivo familiar. Acaso, sin saberlo, la rudeza de la sanción materna le disparó una nueva virtud. La facultad de poder jugar a la ciega; es decir, sin necesidad de tener un tablero delante de sus ojos. Ahora Mikel jugaba de memoria.

Con el ingreso a la Universidad logró una mayor independencia familiar, y se la rebuscó para escaparse a jugar algunos torneos en los que dio muestras de su enorme talento. En 1928, en Varsovia, efectuó una de sus mayores obras frente al tablero, se impuso ante B. Glucksberg en una brillante partida (de sólo 22 movimientos) a la que el experto maestro Savielly Tartakower definió: “La inmortal polaca”. Seis años después, Najdorf se consagraría campeón de Polonia y más tarde, en el mejor ajedrecista de ese país.
Fue entonces cuando confundió deseo con deserción; a falta de dos materias para recibirse de profesor de matemáticas y con el ajedrez como hobby convertido en profesión (cobraba premios en efectivo por sus actuaciones) subordinó estudio, trabajo y dinero, y apostó al amor; el omnipotente Rey polaco salió a la caza de la pieza más preciada: la Dama.
Sus ojos se posaron sobre una concertista de piano (de nombre Genia) que estaba comprometida (con un tal Yanek), un amigo que pronto dejó de serlo; con menos de un año de ablande, Mikel y Genia se casaron. Levantaron un símil de hogar en un modesto departamento de la calle Targowa 36 -una edificación que resistió dos guerras mundiales, la invasión nazi y que aún permanece de pie sobre la margen oriental del río Vístula, en el barrio Praga de la capital polaca-, donde regaron el romance para el nacimiento de su primera hija, Lusia.

Najdorf y Genia, su primera mujer.
Najdorf y Genia, su primera mujer.

Con el enroque familiar ya asegurado relegó los exámenes finales de la carrera universitaria y se dedicó por tiempo completo al ajedrez. El cálculo, como la jugada, aquí también fue exacto. Su nombre enseguida figuró a la vanguardia del campeonato de Polonia y fue seleccionado para representar a su país en las olimpíadas de ajedrez de 1935 (en Varsovia) y de 1936 (en Múnich).
Justamente en territorio nazi, el equipo de Polonia fue escolta de Hungría, sin embargo Najdorf ganó la medalla dorada (individual) como el mejor segundo tablero entre todas las naciones. En la ceremonia de cierre del certamen fue condecorado por el jerarca Hans Frank (conocido también como abogado de Adolf Hitler) bajo un cerrado aplauso oficial. El porfiado destino quiso que, entre 1940 y 1941, el propio Frank convertido, entonces, en Gobernador General de Polonia, fuera el responsable del envió de los casi 300 familiares de Najdorf al Shoá, a los campos de concentración de Auschwitz y Treblinka, sin que quedaran rastros de sobrevivencia alguno.
Pero antes de la llegada de los años de horror y espantos de la guerra, una brisa amable de felicidad invadía a Mojsze Mendel; su nombre había ganado popularidad, vivía rodeado del afecto de sus familiares y colegas, y, además, tenía facilidades para entrar y salir del país gracias al ajedrez. Por ello, no fue extraño que lo convocaran nuevamente para integrar el equipo de Polonia en el VIII Torneo de las Naciones, Copa Hamilton Russell que se llevaría a cabo en el Teatro Politeama de Buenos Aires entre el 24 de agosto y 15 de septiembre de 1939.
Sin el llanto emotivo del adiós, Najdorf se despidió de sus seres más queridos sin saber que lo hacía por última vez;  aferrado a su pasaporte y con un puñado de dólares en el bolsillo destinados para la compra del pasaje de regreso, se embarcó (junto a sus compañeros de equipo, Tartakower, Paulin Frydman, Teodor Regedzinski y Franciszek Sulik), en el Puerto de Amberes al Trasatlántico Piriápolis, el medio de transporte marítimo que acercó a decenas de ajedrecistas hasta la Argentina. Después de tres semanas de navegación, el 21 de agosto la embarcación ató amarras en la dársena Norte del Puerto de Buenos Aires bajo la atenta mirada de una rama del periodismo ya extinguida “los cronistas portuarios o marítimos”.

Aquella pequeña babel en la que se entremezclaban vocablos sajones, latinos, eslavos y judíos fue registrada en el Hotel de los Inmigrantes; de esa flor y nata del ajedrez mundial sobresalían los nombres de Capablanca, Alekhine, Keres, Eliskases, Golombek, Stählberg, Czerniak (un judío que representaba a Palestina) y una voz aguardentosa con acento centro europeo, de un tal Mieczyslaw Najdorf según se leía en su pasaporte polaco.
Durante la travesía por el Atlántico, la situación social y política en Europa se había enrarecido. Najdorf descubrió que la alianza de Francia e Inglaterra con Polonia no era firme, y que varios equipos europeos no traían a sus mejores ajedrecistas, sino a los que se querían escapar de los nazis. En Buenos Aires, los partes de las agencias de noticias disparaban escalofríos, y el 24 de agosto, en el discurso de la ceremonia de inauguración en el teatro de la avenida Corrientes, la sede del torneo, el presidente de la Nación, Roberto M. Ortiz arengó por la hermandad de los pueblos e invitó al público, jugadores y funcionarios a orar por la Paz. Pero Dios, a veces suele estar distraído. El 1 de septiembre los diarios porteños titularon sus portadas con sólo una palabra: Guerra. Se había disparado la Segunda Guerra Mundial: las tropas alemanas habían ingresado en Polonia.
El torneo de Buenos Aires se volvió un caos; los organizadores hicieron malabares para atender los reclamos y pedidos de información de los participantes sobre lo que estaba sucediendo verdaderamente en Europa. Se dispuso evitar los enfrentamientos deportivos entre las naciones que estaban en conflicto (Alemania, Polonia, Francia, Palestina y el Protectora de Bohemia y Moravia). No tardaron en llegar los abandonos a la prueba; el equipo inglés regresó de inmediato a su país. Casi de manera milagrosa el torneo llegó al final; se completaron todas las jornadas. Y con una curiosidad en el desenlace: Alemania resultó vencedora y Polonia, su escolta; el duelo entre ambos equipos fue acordado en empate sin que se jugara ninguna de las cuatro partidas. En la premiación, Najdorf recibió la medalla de plata (individual) al segundo mejor tablero entre los 27 equipos.
Tras el cierre de la competencia, la mayoría de los 133 ajedrecistas participantes se dispersaron por distintos puntos de América o lejos de las regiones en conflicto. En la Argentina, en total fueron veintidós los extranjeros que se quedaron, entre ellos Najdorf que pasó a llamarse Mikel para evitar la explicación de su nombre judío (Mojsze Mendel) o el polaco (Mieczyslaw).
La intención de vivir en Buenos Aires fue como querer aferrarse a un palo enjabonado; frente al tablero de la vida, Najdorf eligió jugar la nueva partida bajo su variante favorita: “primero la idea, y después la jugada”.
Con el vuelto que conservaba en los delgados bolsillos se alojó en una mínima pensión en el centro de la ciudad, y aunque no pronunciara una solo sonido en castellano, salió a buscar trabajo para enviarle una ayuda monetaria a su familia. Creyó que el dinero les podría hacer más fácil la resistencia al racionamiento al que eran sometidos por los nazis. A través de la Cruz Roja escribió las primeras cartas con palabras de aliento y esperanza, en las que ocultaba el envío del dinero que ganaba producto de sus victorias en bares, de asombrosas exhibiciones de jugar a la ciega, o de la venta de golosinas y corbatas que compraba en el barrio de Once y las vendía a un peso más caras en Liniers, trayecto que hacía diariamente a pie.
Las primeras devoluciones de su esposa, padres y hermanos le inflaron el alma y hasta soñó con la compra de los pasajes para traerlos a estas tierras. Pero meses después el silencio interrumpió la correspondencia, fue entonces cuando se instaló el rumor, ese viejo invicto enemigo de la felicidad. Najdorf acostumbrado a resolver acertijos comprendió de inmediato que sólo él había sobrevivido al patibulario destino gracias al ajedrez. Con el final de la guerra recorrió Europa, visitó España, Francia, Holanda, Checoslovaquia y Polonia sin encontrar rastro alguno de sus familiares.

Najdorf jugó con los grandes de todas las épocas, por ejemplo con el ruso Anatoly Karpov.
Najdorf jugó con los grandes de todas las épocas, por ejemplo con el ruso Anatoly Karpov.

Tras el regreso a la Argentina y dispuesto a iniciar una nueva vida, contó la enseñanza que rescató de la dura experiencia: “El ajedrez me enseñó a vivir; con él aprendí a ganar y a perder. Y lo digo yo, que lo he perdido todo”.
Cuando el corazón se hizo cicatriz inició los trámites para adquirir una nueva ciudadanía y aunque en el aggiornado documento argentino lo bautizaron Moisés Mendel, él continuó presentándose como Mikel. Frente a nuevas amistades contaba las razones por las que eligió vivir en este país y no en algún punto de Europa. Y lo decía con un enrevesado castellano y el timbre de su voz siempre estridente. “Allá la gente dice que hay que trabajar para ganarse el pan, pero acá la gente dice que trabaja para ganarse el puchero. Entonces yo entendí que acá tienen mayores ambiciones, porque puchero es más grande que pan…por eso elegí quedarme en esta tierra”.
Cuando el amor golpeó nuevamente la puerta del deseo, se atrevió a soñar de a dos. Conoció a una entrerriana, Eta, que fue su esposa y madre de sus dos hijas: Mirta y Liliana; las que alimentaron la prosapia judía con la llegada de cinco nietos: Facundo, Ezequiel, Alan, Yanina y Gastón. Así Mikel, al que ahora llamaban Miguel, se había reconstruido; aprendió a nacer nuevamente.

Con Eta, la entrerriana que fue su segunda esposa y con quien formó su nueva familia en Argentina.
Con Eta, la entrerriana que fue su segunda esposa y con quien formó su nueva familia en Argentina.

Sin descuidar el ajedrez, con los que obtuvo marcas históricas para la Argentina: tres subcampeonatos olímpicos, ocho (record aún vigente) de campeonatos nacionales, rival de once (de los 20) campeones mundiales, y ser uno de los 18 mejores jugadores del mundo, continuó su vida ligada a los números y aprendiendo del mundo empresarial. Comenzó vendiendo seguros de vida y se convirtió en uno de los grandes accionistas de la empresa Berkley de Argentina. La vejez lo atrapó multimillonario.
“Uno tiene que ser hábil cuando juega al ajedrez con un político; no hay que ganarles, así al año siguiente vuelven a invitarte”, le aconsejaba a sus pares cuando viajaba a diferentes países y aprovechaba la ocasión para ofrecerle un seguro de vida a cada mandatario. Entre sus rivales figuraron, el General Perón, Nikita Kruschev, Winston Churchill, Mariscal Tito, Fidel Castro, El Che Guevara, Carlos Menen y Eduardo Duhalde, entre muchos más.
Tenía 87 años cuando lo atrapó la muerte en Málaga (España) tras sufrir una descompensación en la sala de juego de un casino en Marbella.
Mojsze Mendel, Mikel, Mieczyslaw, Moisés o simplemente, Miguel Najdorf; el hombre que necesitó nacer dos veces para vivir una vida de película.