La crisis de las aves es una crisis para todos nosotros

La representante Alexandria Ocasio-Cortez y el senador Edward Markey presentaron el Green New Deal en el Capitolio en febrero (CREDIT: Pete Marovich/The New York Times)

Casi un tercio de las aves silvestres de Estados Unidos y Canadá han desaparecido desde 1970, una asombrosa pérdida que sugiere que el entramado mismo de los ecosistemas de América del Norte se está viniendo abajo.

En la revista Science se informó hoy de la desaparición de 2900 millones de aves en los últimos casi 50 años. Este hallazgo fue el resultado de un amplio estudio realizado por un equipo de científicos de siete instituciones de investigación en Estados Unidos y Canadá.

Hasta nosotros, ornitólogos y directores de dos importantes institutos de investigación que dirigieron este estudio, nos sorprendimos con los resultados. Sabíamos de pérdidas bien documentadas entre las aves costeras y canoras. Sin embargo, la magnitud de las pérdidas en 300 especies de aves fue mucho más grande de lo que esperábamos, además de que se extiende de manera alarmante por todo el continente.

Este estudio es particularmente interesante debido a la fiabilidad de los datos. Las aves son el grupo mejor estudiado de la fauna silvestre; científicos y ciudadanos por igual han monitoreado cuidadosamente sus poblaciones durante décadas. Y, en los últimos años, los científicos han podido dar seguimiento al volumen de migraciones nocturnas de aves a través de una red de 143 radares meteorológicos de alta resolución. Este estudio une todos esos datos y los resultados señalan una crisis en desarrollo. Más de la mitad de nuestras aves de pastizales han desaparecido, 717 millones en total. Los bosques han perdido más de mil millones de aves.

(Foto: Especial)
(Foto: Especial)

Gran parte de las pérdidas se han dado entre las especies comunes. La población de tordo sargento ha perdido 92 millones de aves. Una cuarta parte de todos los azulejos ha desaparecido, junto con casi la mitad de los orioles de Baltimore. Estas son las aves que conocemos y amamos, que forman parte de la avifauna que da vida, color y melodía a Norteamérica cada primavera. Aunque sigue siendo fundamental salvar a las aves bajo un mayor peligro de extinción, la pérdida de la abundancia en nuestras especies más comunes representa una crisis diferente y francamente más ominosa.

Las aves son especies indicadoras que sirven como barómetros extremadamente precisos de la salud ambiental, y su declive masivo señala que los sistemas biológicos del planeta están en problemas. Por desgracia, este estudio es solo el testimonio más reciente de una larga fila de pruebas de ese tipo.

Por ejemplo, un estudio realizado en Alemania informó de una disminución a mediados de verano en la biomasa de insectos voladores del 82 por ciento durante el último cuarto de siglo. El 40 por ciento de los anfibios del mundo está en peligro de extinción, según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza. Las existencias de atún rojo del Atlántico han disminuido hasta el 3 por ciento de su población histórica y la pesca de bacalao del Atlántico en Estados Unidos llegó a niveles bajos nunca antes vistos. Un informe de las Naciones Unidas advirtió este año que cerca de un millón de especies de animales y vegetales están en peligro de extinción. Eso es “más que nunca antes en la historia de la humanidad”, según el informe.

Todas estas estadísticas subrayan la característica dominante del Antropoceno, la nueva época geológica definida por el hecho de que los sistemas naturales del planeta se están viendo profundamente alterados por el comportamiento humano. ¿Hasta dónde deben llegar estas pérdidas para que la sociedad diga “¡Basta!”?

Podemos y debemos hacerlo mejor, aunque sea solo por nuestro propio interés, ya que, si las aves están en problemas, eso también implica que nosotros estamos en problemas.

La suerte de las loicas nos da un ejemplo. Estas aves canoras de pecho amarillo originarias de los amplios valles de Estados Unidos dependen de pastizales saludables que juegan un papel importante en la filtración de agua de escorrentía. Pero en el último medio siglo, 73 millones de loicas del este y 65 millones de loicas del oeste han desaparecido a medida que se han perdido los pastizales y en muchas comunidades el agua se ha contaminado con la escorrentía agrícola.

Por fortuna, no todas las noticias son malas. Las poblaciones de patos y gansos de América del Norte han crecido un 56 por ciento desde 1970, según el artículo de Science, y no es casualidad. Durante la primera mitad del siglo XX, los cazadores se preocuparon enormemente por la disminución en las poblaciones de patos, tan grave como la que estamos presenciando entre las aves canoras comunes hoy en día. Estados Unidos y Canadá respondieron con leyes para proteger los humedales y colaboraron con México para salvaguardar la migración de aves acuáticas. La gestión de la conservación recibió cada vez más influencia de la ciencia. La filantropía privada, en especial de Ducks Unlimited, generó un importante apoyo financiero para la adquisición de humedales. Los gobiernos federales y estatales restauraron y protegieron millones de hectáreas adicionales de humedales. El resultado: hoy las poblaciones de aves acuáticas están en auge.

Ese éxito en el manejo de las aves acuáticas puede señalar el camino a seguir. Necesitamos campañas de conservación audaces y con un enfoque holístico en toda América del Norte, comparables con las que lograron la recuperación de la población de patos. Estos esfuerzos no requieren el bloqueo de tierras en reservas de vida silvestre cercadas. Los programas de conservación conforme a la ley agrícola federal en tierras privadas en la parte superior del medio oeste estadounidense ayudaron a aumentar las poblaciones de patos, al tiempo que brindaron protección contra inundaciones y mantuvieron seguro el suministro de agua potable. Ampliar el alcance de los programas de conservación de la ley agrícola produciría más de estos beneficios. Además, una medida bipartidista en la Cámara de Representantes conocida como la Ley de Recuperación de la Vida Silvestre de Estados Unidos destinaría unos 1400 millones de dólares del erario federal para infundirle nueva vida a los programas estatales y distritales de conservación del hábitat de la vida silvestre, que por lo general están mal financiados.

La pérdida de hábitat ha sido la causa principal de la disminución en el número de aves, y los esfuerzos para reducir el desarrollo de tierras silvestres y la expansión suburbana deben permanecer a la vanguardia de las prioridades de conservación. Además, tenemos que encargarnos de otras amenazas a la vida de las aves. Los gatos ferales y domésticos que deambulan en exteriores causan una gran mortandad entre las aves todos los años, al igual que las colisiones con edificios, torres de comunicaciones y tendidos de energía eléctrica. La evidencia reciente muestra que los pesticidas, como los neonicotinoides, pueden ser directa o indirectamente responsables de la muerte de un gran número de aves. También resulta preocupante que los científicos apenas están comenzando a evaluar los estragos del cambio climático en las poblaciones de aves.

(Foto: Pixabay)
(Foto: Pixabay)

Lo que más necesitamos es un cambio social en los valores que damos a vivir en sistemas naturales saludables y en funcionamiento. Los hábitats naturales no deben verse como un lujo prescindible, sino como un sistema fundamental que fomenta la salud humana y sustenta toda la vida en el planeta. La pérdida de casi tres mil millones de aves señala una crisis en ciernes que tenemos el poder de detener. Pedimos a todos nuestros legisladores, candidatos políticos y electores en todo el continente que den más valor a la protección de nuestro hogar común, el gran crisol de sistemas naturales que compartimos con otras especies y que debemos proteger para las generaciones futuras.

(John W. Fitzpatrick es director del Laboratorio de Ornitología de Cornell. Peter P. Marra es director de la Iniciativa Ambiental de Georgetown y anteriormente dirigió el Centro de Aves Migratorias del Instituto Smithsoniano).

*Copyright: 2019 The New York Times Company