Cuando unos tomates orgánicos se convierten en un atentado contra el clima: lo que sabemos del polémico estudio de Cranfield

Decía Jaime Gil que eso de “que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde”. Concretamente, cuando entiende que la dificultad de la vida está, precisamente, en que hay muy pocas decisiones sencillas. Es más, que casi todas las decisiones importantes nos obligan a elegir entre opciones que tienen, todas, algo positivo.

Uno de los casos más evidentes de esto ha sido la agricultura orgánica. Este enfoque nació como una forma de introducir sus peculiares criterios de sostenibilidad y autonomía en los modernos procesos agroalimentarios. Se trataba de sustituir fertilizantes y plaguicidas por metodologías que convirtieran los procesos productivos en renovables.


Pese a que ha habido mucha confusión (y mucho vendehumos), la idea parecía interesante. Sin embargo, muy pronto empezaron a surgir dudas sobre si la agricultura orgánica aumentaba o no las emisiones de CO2. Durante años los resultados ha sido equívocos y no nos han dejado hacernos una idea completa de lo que este tipo de tecnología tiene en el debe y en el haber.

Luces y sombras de la agricultura orgánica

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Ahora un equipo de la Universidad de Cranfield ha tratado de encontrar una respuesta de mayor alcance. Para ello, se plantearon una pregunta concreta: ¿qué pasaría si mañana Inglaterra y Gales hicieran toda su agricultura orgánica al 100%?

El escenario ya de por sí es bastante implausible. No existe un debate real sobre introducir normativas tan estrictas como para obligar a todo el campo británico a reconvertirse en orgánico. Pero, sin lugar a dudas, al trazar proyecciones sobre un país extenso y con una cadena logística compleja, podemos mirar este tipo de agricultura con otros ojos.

Su primera conclusión es algo bastante previsible: se produciría un 40% menos. Es bien conocido que la agricultura orgánica tiene un menor rendimiento por hectárea por cuestiones relacionadas tanto con los fertilizantes como con los plaguicidas. Con todo, el 40% es general y algunos cultivos quedan peor que otros. El trigo y la cebada, por ejemplo, se hundirían a la mitad del rendimiento.

Además, según los cálculos de los investigadores, las emisiones de CO2 aumentarían en un 21%. Por otro lado, los autores creen que habría beneficios significativos para un aire y agua más limpios y una biodiversidad mejorada en un futuro agrícola completamente orgánico.

Un estudio con un enorme punto ciego

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“Estimamos que, si la agricultura orgánica se adoptara al por mayor sin ningún cambio en la dieta, necesitaríamos casi seis millones de hectáreas más de tierra”, explicaba Philip Jones, de la Universidad de Reading. Y ese es precisamente uno de los puntos más criticados del estudio.

Porque es cierto que, en ese caso, “gran parte de lo que hoy se consume tendría que venir de Europa y esto tiene un impacto extra en el medio ambiente al aumentar la huella de carbono de ese 40%”. Sin embargo, asumir que los hábitos de consumo no cambiarían ante un cambio de esta dimensión es muy arriesgado.

No es razonable pensar que una caída de producción del 40% no iba a tener un impacto importantísimo en el precio de los alimentos, ni que ese aumento de los precios no va a reestructurar los menús de todo el país. ¿Qué tipo de reestructuración? Es difícil decirlo, pero es clave. Los investigadores señalan que investigar eso no estaba entre los objetivos del estudio. Es una decisión respetable, pero que conlleva el riesgo de dejar todo el estudio en papel mojado.

Imagen | Eddie Kopp

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Cuando unos tomates orgánicos se convierten en un atentado contra el clima: lo que sabemos del polémico estudio de Cranfield

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Xataka

por
Javier Jiménez

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