Las cenizas ardientes del Muro de Berlín

El papa Juan Pablo II junto a Mijaíl Gorbachov en el Vaticano, el 18 de noviembre de 1990 (REUTERS/Luciano Mellace) (Reuters Photographer/)

El Muro de Berlín fue derribado entre el 9 y 10 de noviembre de 1989, pero en realidad su primer ladrillo había caído el 16 de octubre de 1978 cuando el entonces Cardenal de Cracovia Karol Wojtyla se convirtió en el Papa Juan Pablo II y en el primer jefe de la Iglesia Católica no italiano desde 1523, tras dos días de cónclave y ocho votaciones.

“¿Cómo han podido permitir ustedes que un ciudadano de un país socialista sea elegido Papa?”, le preguntó con furia el director de la KGB Yuri Andropov al jefe de los servicios secretos de Polonia. La nomenclatura soviética no alcanzó a comprender que la elección de un pontífice polaco era un símbolo de reconocimiento a ese país tras décadas de sufrimiento y represión.

En 1946, un año después de finalizada la Segunda Guerra Mundial, Winston Churchill advirtió en su histórico discurso de Missouri: “Había caído sobre el continente un telón de hierro tras el que se encuentran todas las capitales de los antiguos estados de Europa Central y Oriental. Varsovia, Berlín, Praga, Viena, Budapest, Belgrado, Bucarest y Sofía. Todas estas famosas ciudades y sus poblaciones, y los países en torno a ellas, se encuentran en lo que debo llamar la esfera soviética”.

Esta afirmación alcanzó su punto de máxima tensión en octubre de 1962 durante la presidencia de John F. Kennedy. En el marco del episodio conocido como la “crisis de los misiles” la administración norteamericana estuvo a un paso de una guerra nuclear con la Unión Soviética liderada por Nikita Krushev.

Preocupado por la escalada entre las dos potencias de la Guerra Fría el Papa Juan XXIII, quien había comenzado su pontificado en 1958 y fuera sucedido por Paulo VI en 1963, comenzó a rediseñar la política de la Santa Sede con relación a los regímenes comunistas de Europa del Este que mostraban un férreo rechazo sobre las actividades de la iglesia católica en sus respectivos países.

En simultáneo a la crisis de los misiles comenzó a sesionar en Roma el Concilio Vaticano II, cuyos objetivos centrales eran: dar una demostración de la vitalidad de la Iglesia en esos tiempos, favorecer la unidad de los cristianos separados de Roma, y concientizar a los principales líderes mundiales sobre los beneficios de una paz duradera frente a los riesgos de una contienda nuclear.

En enero de 1979, 14 años después de finalizado dicho Concilio, Juan Pablo II mantiene una trascendente audiencia con el canciller ruso Andrei Gromyko procurando una mayor apertura en la práctica del catolicismo en los países del bloque oriental.

En el mismo sentido, en diciembre de 1980 el Papa escribió una larga carta al secretario general del Partido Comunista, Leonid Breznhev destacando que desde el inicio mismo de la Segunda Guerra Mundial su país natal “fue la primera víctima de una agresión que dio pie a un terrible período de ocupación, el cual duró hasta 1945. A lo largo de la contienda los polacos se mantuvieron fieles a sus aliados, lucharon en todos los frentes de la guerra, y el furor destructivo del conflicto costó a Polonia la pérdida de casi seis millones de hijos, es decir, una quinta parte de su población anterior a la guerra. Pensando, pues, en los diversos y serios motivos que alientan la inquietud creada por la tensión en torno a la situación actual de Polonia, le pido que haga cuanto esté en su mano para que se desactive todo aquello que genera dicha inquietud”.

A pesar de las fuertes advertencias emanadas desde el Vaticano a fines de 1981 el general Jaruzelsky tomó el control del ejército, del gobierno y del partido. Juan Pablo II no pudo viajar a Polonia en 1982, pero sí lo haría algún tiempo después en 1983.

El cardenal norteamericano de origen polaco John Krol, estrecho amigo de Juan Pablo II y del presidente Ronald Reagan, desarrolló una gran red de apoyo a los grupos disidentes que enfrentaban al régimen de Jaruzelsky, destacándose el brindado al líder sindical y Premio Nobel de la Paz Lech Walesa que sería presidente de su país en 1990.

Perestroika y Glasnot

En marzo de 1985 Mikhail Gorbachov es nombrado secretario general del Partido Comunista, y pocos meses después mantiene su primera reunión con el presidente Ronald Reagan con la reducción de las armas nucleares como tema central de la agenda bilateral.

Casi un año después se produciría la catástrofe de Chernóbil, tragedia que, además de despertar la conciencia ecológica global, causó un enorme impacto en el mundo respecto de la debilidad y la decadencia soviética.

Convencido de que era imposible mantener por más tiempo la competencia armamentista con los Estados Unidos, Gorbachov decidió dar un radical giro en su plataforma de gobierno a pesar de la oposición de los representantes de la ortodoxia marxista del régimen soviético.

El 12 de junio de 1987 en ocasión del aniversario de la fundación de la ciudad de Berlín, Reagan brindó un histórico discurso dirigido principalmente al líder soviético, a quien desafío de manera frontal: “Secretario General Gorbachov, si usted busca la paz, si busca la prosperidad para la Unión Soviética y Europa Oriental, si usted busca la liberalización, venga aquí ante esta puerta señor Gorbachov, abra esta puerta. Señor Gorbachov, ¡derribe este Muro!”.

Desde el Vaticano Juan Pablo II profundizaba sus diálogos con los líderes políticos de Polonia y Checoslovaquia, Lech Walesa y Vaclav Havel, quienes desde hacía tiempo le advertían sobre el aumento de la pobreza y la desigualdad en las naciones de Europa Oriental.

En diciembre de 1987, en medio de la agonía del régimen socialista y el auge del capitalismo financiero que agrandaba la brecha entre pobres y ricos, el Sumo Pontífice decidió la publicación de la Encíclica “Sollicitudo Rei Sociales” (Preocupación por los problemas sociales) con agudos conceptos de filosofía política y económica como el siguiente:

“La doctrina social de la Iglesia asume una actitud crítica tanto ante el capitalismo liberal como ante el colectivismo marxista. En efecto, desde el punto de vista del desarrollo surge espontánea la pregunta: ¿de qué manera o en qué medida estos dos sistemas son susceptibles de transformaciones y capaces de ponerse al día, de modo que favorezcan o promuevan un desarrollo verdadero e integral del hombre y de los pueblos en la sociedad actual? De hecho, estas transformaciones y puestas al día son urgentes e indispensables para la causa de un desarrollo común a todos”.

Por un lado, el documento vaticano buscaba adelantarse al inevitable desmoronamiento del bloque comunista de fines de la Segunda Guerra Mundial, pero también advertía sobre los riesgos del paso de un sistema económico a otro diametralmente opuesto con los costos sociales que ello implicaría.

Continuaba expresando: “Un excesivo proteccionismo del Estado, en el sistema del socialismo real, produjo también frutos negativos. Desapareció la iniciativa privada, se difundió la inercia y la pasividad. Cuando cambió el sistema, la gente se encontró sin experiencia, sin capacidad para combatir por sí sola, desacostumbrada a la responsabilidad personal. Al mismo tiempo, hubo personas que inmediatamente demostraron tener espíritu de iniciativa económica, supieron aprovecharse de la confusión inicial para enriquecerse, no siempre de forma, lícita y honrada… Como se ve, es muy difícil el paso de un sistema a otro. Incluso sus costes son muy altos; el aumento del desempleo, de la pobreza y de la miseria”.

El propio Gorbachov lo resumiría muy claramente el día de su renuncia en diciembre de 1991 que marcaría también el fin de la Unión Soviética como tal. “El viejo sistema se derrumbó antes de que empezara a funcionar el nuevo”, sentenció el padre de la Perestroika.

En marzo de 1990 el Vaticano y la Unión Soviética habían establecido relaciones oficiales, y finalmente la Santa Sede reconoció la independencia y la soberanía de la Federación Rusa en septiembre de 1991.

A casi treinta años de uno de los sucesos más trascendentes de la historia del siglo XX deberíamos recordar también que por estos días se cumplen noventa años del trágico derrumbe de la bolsa de valores de Estados Unidos (el Crac del ´29”), episodio que marcó el fin de una época para el sistema capitalista.

Hace pocos días Darren Walker, presidente de la Fundación Ford, organización con importantes lazos de colaboración financiera con entidades no gubernamentales de la Argentina, acaba de afirmar que “el capitalismo está en crisis. Estados Unidos, y nuestros valores democráticos, discurso e instituciones, están sufriendo niveles de desigualdad sin precedentes”.

Mientras tanto, Vladimir Putin, quien hasta hoy mantuvo tres audiencias privadas con el Papa Francisco, está a punto de lograr una importante participación en el petróleo de Venezuela a través de la empresa Rosneft, y también, en Europa a través del gasoducto Nord Stream 2, cuyo principal accionista es Gazprom (controlada por el estado ruso) que proveería el 40 % del gas al viejo continente.

“La historia se repite dos veces; la primera como tragedia y la segunda como farsa”. No lo dijo ni Adam Smith ni John Keynes. Lo escribió Karl Marx, el arquitecto intelectual del Muro de Berlín construido en 1961 y derrumbado en noviembre de 1989.