Se cumplen 45 años de la hazaña más grande de Muhammad Alí en medio de la jungla

(Télam) (AFP/)

La recuerdo como una ciudad de color marrón, apagada, silenciosa cuya gente se mostraba con esa cara atemorizada por un pasado sufriente y un futuro incierto. Kinshasa -actual capital de la República Demócratica del Congo- me remite al recuerdo de una ciudad con luz de sol quemante de donde han huido los pájaros y las flores, la sonrisa y el canto de sus niños. Y recuerdo además, a su gente como muy obediente, sumisa y tan delgada que les sobresalían las costillas a los costados del tórax. Sin embargo allí, paradójicamente, habría de producirse el mayor show de la historia del boxeo mundial; diríamos el acontecimiento excluyente del siglo veinte.

El dictador del entonces Zaire –Mobutu Sesé Zeko – habría de invertir cinco millones para que la empresa Video Techniques en sociedad con el debutante empresario Don King, quien venía de cumplir una condena de 10 años por homicidio, les asegurara a Muhammad Alí y al campeón George Foreman una bolsa superior al millón y medio de dólares limpios para cada uno. Lo que por entonces significaba una cifra récord e inimaginable.

A las cuatro menos cuarto de la mañana de aquel 30 de Octubre de 1974 me di cuenta de que todo lo publicado, dicho y mostrado con anterioridad era cierto… Que esas 40.000 personas flacas, desdentadas y sumisas existían y por lo tanto palpitaban. Más aún, el frenético baile lingalo –su danza nativa- me trasladaba desde el estadio hasta el corazón de África. La transpiración pegajosa que nos bañaba simbolizaba el clima de este misterio tropical, con Cassius en el ring esperando a su rival y una expectativa mundial que entraba en la inequívoca sensación de paralizante agonía. Cuando el inolvidable Alí apoyó su espalda sobre las cuerdas donde yo clavaba mis ojos, sentí miedo. Temí que semejante prodigio se desplomara ante la fuerza incontenible del “indestructible” George –siete años menor y 14 kilos más que Muhammad quien ya estaba en los 32 y rondaba los 100 kilos. Y pensé en la frase de un posible titulo póstumo para la edición de la revista El Gráfico que saldría a la venta el 8 de Noviembre de 1974 : “Esta noche, el boxeo se quedó sin Clay, pobre boxeo”.

Todo el show previo no significaba nada: que Muhammad luciera confiado, que hiciera gestos burlones demostrando su fe, que sonriera e incitara a la tribuna para que ésta cantara: “ Alí mátalo” ( “Ali bomayé), formaba parte de su programa. Enfrente había un oso joven, lleno de salud y aún con hambre de gloria. Foreman era un campeón con la vitalidad salvaje de sus triunfos sin costo físico a quien nadie le había pegado y muy pocos le habían aguantado. Era opinión unánime que Clay tampoco podría hacerlo. A esta altura de la evocación luego de que millones de personas de varias generaciones en el mundo pudieron – y pueden aún- verlo les parecerá mentira que Foreman hubiese ofrecido tan poco siendo más fresco, más vigoroso y que Clay haya hecho “tanto”. No es difícil explicarlo; acaso alcance con plantear algunas pocas diferencias: para Foreman la energía, la potencia y la pegada, para Muhammad todo lo demás.

(Maxi Rolón)
(Maxi Rolón)

Y esto quiere decir mucho. Durante las siete semanas que Muhammad estuvo en el Zaire, trabajó pensando cómo anular el mortífero golpe de Foreman. Su tarea abarcaría todas las áreas: la táctica, la técnica y fundamentalmente la Psicológica. Foreman, en cambio, subió total y absolutamente confiado sin pensar más que en atacar y meter una mano.

El favorito para todo el mundo era Foreman. Sin embargo las 40.000 personas que colmaron el estadio 20 de Mayo amaban al protagonista que representaba sus luchas y sus esperanzas. Ese fue Muhammad Alí quien al desarrollar su inteligente trabajo psicólogico en contra de Foreman siempre puso énfasis al declarar “cuál de los dos negros era el negro de los negros y cuál era el negro de los blancos” en clara alusión a George.

Antes de ganar en el ring, el genio había ganado la pre pelea, ese hecho invisible de tanta importancia que solo es aplicable en la soledad del ring. Y había dicho entre muchas otras cosas, esto sobre sí mismo utilizando la tercera persona del singular:

-“Quienes no creen en Muhammad están locos. Muhammad no es Frazier –invitado a presenciar el combate- que va al ataque sin pensar, ni Norton que es un boxeador de estilo, pero sin inteligencia. Alí es un hombre cerebral, experto, fuerte y está muy bien preparado. La diferencia entre él y Foreman es que Alí peleó con muchos como Foreman en diferentes épocas, pero Foreman nunca se vió con un hombre como Alí”. Afirmaba Alí sobre sí mismo.

El gran escritor y periodista Norman Mailer a quien había conocido personalmente en la cabaña donde concentró Alí junto a su equipo durante seis semanas se hallaba en la primera fila. Este maravilloso descriptor de realidades casi había completado su obra “ El combate” que editaría la revista Play Boy y luego se imprimiría en un libro con ocho capítulos.

En los breves diálogos con Mailer éste me confidenció que el contenido de su trabajo tenía los dos finales posibles: el del éxtasis al que podría alcanzar Alí, su triunfo y la recuperación de su corona o el final humillante de la derrota del más grande ególatra del boxeo mundial.

(Maxi Rolón)
(Maxi Rolón)

No sería esa hora de la madrugada en Kinshasa un momento adecuado para desaprovechar cualquier diálogo subsiguiente tras el leve saludo con Mailer. El era un hombre que disfrutaba diariamente de los licores espirituosos con alcohol. Y se sabe que tanto un buen vino como un noble scotch se hacen sentir más cuando la madrugada se aproxima.

Una noche en el hotel Intercontinental de Kinshasa se lo vio a Mailer , quien se alojaba en el séptimo piso haciendo equilibrio por una cornisa e ingresar a su cuarto por una ventana. Al enterarse el doctor Ferdie Pacheco –médico de Muhammad- le gastó una broma antes de que Mailer iniciara sus sesiones de grabación diaria con Alí. Fue cuando el escritor le respondió: “Usted doctor confunde ebriedad con estado chispeante, yo siempre logro un estado chispeante, de alegría…”.

Antes que se acomodara en su butaca de la primera fila pude preguntarle:

-Señor Mailer, ¿ usted también piensa que esta noche “perdemos”? ( en alusión a nuestra compartida admiración por Alí).-

– Vea, mi historia, mi libro se hará igual, ya me han pagado por eso, pero si gana Muhammad habrá triunfo, épica y gloria y esas son historias que no envejecen, siempre tendrá lectores; en cambio usted sabe que una derrota es una derrota aunque esté maravillosamente explicada y su vida es corta. Yo creo que ganará Alí, veremos…

Recuerdo perfectamente el desenlace que provocó estupor, sorpresa y la eterna admiración que pocos atletas logran trasponiendo la línea que divide el mérito de la leyenda. En su momento, para El Gráfico lo escribí así:

-“El golpe final -una derecha cruzada a la mandíbula en el 8° asalto- no fue ni fuerte ni sorpresivo. Muhammad tiró esa mano terminando una combinación que había iniciado con la izquierda en directo. Foreman perdió pie, trastabilló hacia adelante y cayó. Ya en la lona su cuerpo cambió la posición y quedó mirando al cielo con los brazos y piernas separadas. No estaba ni dormido ni conmocionado; estaba destruido moral y físicamente. Su fatiga no le permitió ponerse de pie. Tenía la íntima convicción, además, de que no valía la pena. Y se resignó a dejar la corona mundial porque sabía que nada podía hacer ya por retenerla. Cuando el referí Zachari Clayton (Filadelfia USA) llegó al out, el estadio se puso de pie. El frenesí era incontrolable y hasta el mismo Cassius sufrió un colapso. El boxeo le había devuelto a su rey la corona. Era el momento de pensar que aquella madrugada de irrealidades se completaba con el acto “menos sospechado”.

Cuando digo irrealidades no me refiero al resultado de la pelea. Fue la primera vez en mi vida que me levanté a las doce de la noche para “llegar tempranito” al estadio. También la primera vez que un protagonista –Muhammad- salió a correr 5 kilómetros a las cinco de la tarde para cansarse, cenar,y dormir hasta las dos de la mañana, hora de salir hacia el estadio. También la primera vez que vi una tribu bailando sus danzas. También, la primera vez que vi tribunas agradecidas por la gratuidad, pues ante la falta de venta de entradas por su alto precio ( 20, 40 y 60 dólares impagables) , el gobierno decretó entrada libre. También la primera vez que entré de noche a ver una pelea y me fui cuando salía el sol. También, la primera vez que todo un pueblo celebraba la victoria de un extranjero como si se tratara de un ídolo local.-“

(Maxi Rolón)
(Maxi Rolón)

Y otras vivencias que sucedieron al inolvidable combate. Transpirado y exhausto con la libreta de apuntes en la mano me parece escuchar, como si hubiese sido ayer la voz del más grande después de la pelea:

“No he ganado yo esta noche: fue el triunfo de Alá; él me iluminó y me enseñó el camino. Los periodistas creían que Foreman me sacaría la cabeza. Sé que algunos de ustedes -y no quisiera identificarlo- hizo una broma con el que otorgó las entradas a la prensa pidiendo que lo colocaran más atrás para no tener que salpicarse con mi sangre. Pues bien: el mundo necesita que triunfe la inteligencia. Yo soy la inteligencia; Foreman es la fuerza. Yo soy un rey, él es apenas un bastardo” .

“Dije que ganaría y gané. Dije además cómo lo haría y lo hice. Pronostiqué que el animal caería solo, y así fue: les aseguro que el golpe de derecha fue bueno, pero no muy potente. Es que él tenía la derrota por nocaut en el alma y yo el triunfo en la sangre”.

“Me imagino que ahora nadie dudará sobre que soy el más grande de todas las épocas. Si tienen dudas pregúntense qué campeón antes que yo recuperó la corona. El único fue Floyd Patterson contra un gordo sueco – se refería a Ingemar Johannson en 1959- y sin dejar para nada el boxeo. Yo fui proscripto tres años, volví, nadie creyó en mí y ya ven: me han devuelto la corona que siempre fue mía“.

“Ahora debo pensar cómo mantener esta corona con dignidad. Mientras Alá me ayude seré campeón. Y le daré chance a todos los que se animen. Nunca fui especulador ni egoísta. Lo que lamento es que no vea a nadie que pueda quitarme el sueño”.

“Es cierto que antes de la pelea dije que cualquiera fuera el resultado me retiraría. Pero ustedes comprenderán que este momento es muy feliz para mí. Y no puedo negarme el derecho a ser feliz. Cada vez que bajo triunfante de un ring, me rejuvenezco y gozo infinitamente. Tal vez un día de estos diga que no peleo más, pero eso requiere su tiempo. Por ahora hagamos de cuenta que seguiré. El mundo me reclama”.

Alí saluda a los lugareños en Kinshasa, donde fue local. Él mismo se definía como "el negro de los negros" y a Foreman como "el negro de los blancos". AP
Alí saluda a los lugareños en Kinshasa, donde fue local. Él mismo se definía como “el negro de los negros” y a Foreman como “el negro de los blancos”. AP

“Esto que acabo de decir es importante porque yo soy la estrella. Si el mundo se ha interesado en esta pelea y ustedes han venido de tan lejos es por mí y no por esa bestia. Yo soy el protagonista de la historia, los demás son mis partenaires. ¿Quieren ustedes que me retire? Piensen en las páginas que llenan cada día conmigo y en los viajes que podrán hacer todavía. Piensen en cuántas cosas les ofrezco por el mínimo precio de que me reconozcan como el mejor. Y no es un favor que les pido: esto lo demuestro en el ring; ustedes solo deben contarlo de acuerdo con la calidad de cada uno. Y los que me odian -porque sé que muchos de ustedes hubieran pagado por verme muerto en el piso-, sean verdaderos periodistas y vean las cosas como son y no como desean. Esta advertencia la hago para aquellos que ahora, con tal de perjudicarme, comiencen a inventar historias sobre la limpieza del match”.

“Señores, muchas gracias. Les pido que me dejen vestir, y si alguien tiene mi bata escondida ( que desapareció mientras se duchaba) por favor devuélvamela o dónela a algún hospital para que conviertan ese dinero en medicamentos”.

La gendarmería comenzó a desalojar el vestuario. Allí adentro quedaban Clay y su gran noche. Clay y su corona. Clay y su gloria.

Salgo del estadio. Es de día. Miles de personas se aprietan en la puerta para verlo pasar. Un ritmo de tambores de guerra le hace fondo a la euforia. La historia del boxeo cerraba una de sus páginas más brillantes. Aquellas personas humildes, silenciosas, escuálidas, desdentadas, huesudas habían transformado su mirada triste con la luminosidad de una esperanza. Sintieron que el mejor del mundo, una celebridad mundial, era uno de ellos.

Archivo: Maximiliano Roldan