Líbano: quienes están detrás de la crisis

Un manifestante contrario al gobierno ondea una bandera libanesa durante una protesta en Beirut, Líbano, el 25 de octubre de 2019. (AP Foto/Hassan Ammar) (Hassan Ammar/)

La escena libanesa siempre ha sido utilizada por los poderes de la región: de hecho, a través de Hezbollah, Irán se erigió en el referente de medición de la nueva crisis del país de los cedros.

Estados Unidos también ha aumentado su actividad en Líbano con la imposición de sanciones a Irán. Washington entendió que tenía que reprimir las rutas a través de las cuales Teherán evade las sanciones, y su ruta más destacada es el Líbano. Así, intensifico su ofensiva contra los recursos financieros de Hezbollah, rastreándolos en América Latina, África, Australia y otras latitudes. Estos recursos financieros se derivan del tráfico de drogas, el contrabando de cigarrillos, el fraude con tarjetas de crédito e incluso con el trafico y la venta de Viagra falso.

En la última década, Teherán utilizó a Hezbollah incluso en misiones más allá de las fronteras del Líbano, convirtiendo al grupo terrorista en un batallón militar que combatió en su nombre en Siria, Irak, Yemen y otros lugares.

Los khomeinistas también han convertido al Líbano en un centro que sirve a su propaganda y a su agenda política y financiera. Para hacer eso Teherán apoya a Hezbollah, que tomó el control casi completo del estado libanés: el aeropuerto, los puertos, los cruces fronterizos, las redes telefónicas y los ministerios de seguridad y servicios. Es por eso que EEUU convirtió al Líbano en blanco de sus sanciones, y seguramente puede haber más presión en ese aspecto.

La ira que vemos en las calles del Líbano, en parte es el resultado de la insistencia de Hezbollah en convertir al país en una línea de confrontación con Israel y Occidente. Las consecuencias son malas y pueden empeorar.

Hezbollah debe darse cuenta que al tomar al país como rehén de los deseos del líder supremo de Irán se arriesga a una confrontación con todo el pueblo libanés, incluidos los chiítas, sus últimas víctimas. Como se ha visto esta semana, las voces que se han alzado públicamente contra Hezbollah también son chiítas. Las confrontaciones en su contra han tenido lugar en sus áreas de influencia, como Nabatiyeh, Baalbek-Hermel y otros lugares donde la organización supuestamente reina y gobierna.

Las protestas en Beirut la semana pasada. (AFP)
Las protestas en Beirut la semana pasada. (AFP) (-/)

Líbano, sin un Hezbollah armado y leal a Irán, podría ser el país más próspero de la región. Pero eso no es así y el Libano actual está destinado a días peores por las acciones de la organización proirani

También es cierto que Hezbollah no es el único jugador local que carga toda la responsabilidad: tiene socios con los que también compartir la culpa. Y el levantamiento actual ha desarrollado un eslogan que rechaza a todos los sectores y líderes del gobierno pidiendo la reforma del sistema político que falla porque permite que el poder se divida bajo la influencia y los intereses sectarios a expensas del Líbano y su pueblo.

Puede no parecer razonable para el público libanés que está pagando el precio de las acciones del grupo terrorista en la región y por sus amenazas contra los intereses occidentales. Sin embargo, esa es la realidad que ha provocado el deterioro de la economía y ha colocado al gobierno entre el martillo de Occidente y el yunque de Hezbollah. En consecuencia, a menos que el grupo reduzca sus servicios a Irán, sufrirá y hará que el Líbano y su gente sufran más que antes.

Diez días atrás, cuando los libaneses de todas las confesiones, sin excepción, salieron a las calles después de que la situación económica, la corrupción y el estancamiento del país alcanzaron niveles sin precedentes, lo hicieron sin apuntar a ninguna fuerza política en particular: los ciudadanos no levantaron consignas contra Hezbollah u otros sectores políticos, las movilizaciones ciudadanas enarbolaron la bandera libanesa expresando sus preocupaciones y se rebelaron contra su propia tragedia.

Sin embargo, Hassan Nasrallah entendió muy bien que fue su partido y sus aliados los que dispararon el movimiento de protesta que sumo a mas de un millón y medio de personas en Beirut y otras ciudades y pueblos del país.

Con dos discursos, Nasrallah se apresuró a justificar su posición y amenazar a sus oponentes. Pasó de la autodefensa al ataque antes de encontrarse solo en el ojo de la tormenta.

El jefe de Hezbollah, Hassan Nasrallah
El jefe de Hezbollah, Hassan Nasrallah

El líder de Hezbollah usó su peso político para preservar la que llamó una “tendencia actual”, marcando una línea roja. Él fue quien diseñó la llegada de un presidente cristiano pro-Hezbollah al poder; también organizo el primer gobierno de 30 ministros, incluyendo a 18 de su propio partido y aliados.

Lo que Nasrallah no supo ver es que hoy se enfrenta a personas cuya energía es mayor que la suya y que son más poderosas que sus amenazas. Hoy se enfrenta al pueblo libanés de todas las confesiones, cristianos y musulmanes, sunitas y chiítas, maronitas, ortodoxos y drusos.

Irán y Hezbollah no supieron leer políticamente el problema, que es más complicado que los intentos de los khomeinistas en las últimas décadas para ganar tiempo bajo la amenaza de dirigir sus armas contra el pueblo. Los libaneses indignados han declarado recientemente que es el sistema sectario y basado en cuotas de poder religioso lo que está obstaculizando el proceso de desarrollo y que es eso lo que tiene que cambiar.

El primer ministro Saad Hariri está convencido que el cambio de gobierno está llegando -aunque retrasado- después de que se quedó solo y sin aliados dentro de su gobierno luego de la renuncia de los ministros de las Fuerzas Libanesas. Pero Hezbollah rechaza firmemente esa opción.

Nasrallah no solo consideró la tendencia actual como “una línea roja”, y amenazo a todos con no cruzarla, también se burló de las demandas de los manifestantes de formar un gobierno tecnocrático. El es muy consciente que será el mayor perdedor en cualquier cambio futuro al sistema político que actualmente está oprimiendo a los libaneses.

En consecuencia, Nasrallah no solo advirtió a los manifestantes, sino que los amenazó con una “guerra civil”. Y todos saben que Hezbollah posee las herramientas para esa guerra, no los ciudadanos desarmados.

La aniquilación de las consideraciones políticas, no importa cuán necesarias sean para el pueblo libanés, es simplemente un hábito inherente a Nasrallah, que nunca ha considerado los intereses del Líbano dada su continua subordinación religiosa y política al Líder Supremo de Irán.

Sin embargo, el proyecto iraní que Nasrallah está llevando adelante es contrario a la naturaleza del Líbano y su ciudadanía. Hezbollah y su líder han declarado abiertamente que, de ser necesario, se enfrentaran a quien sea en su plan por continuar usando al Líbano, con su pueblo y su estado, como escudos humanos, políticos y económicos para proteger sus intereses y los de Irán.

La falsedad del relato de Hezbollah sobre la “resistencia” ha terminado con la posición que muestra ante las reivindicaciones de la ciudadanía. Y esto ya no es “un status quo puramente libanés” como dice Nasrallah, es el principio del fin de la “era de dominación de Irán a través de Hezbollah en Líbano”.

Lo concreto es que la voz del pueblo libanés lleva 12 días en las calles y difícilmente podrá ser silenciada y detenida por las amenazas e intimidaciones de Hezbollah, ni por las milicias armadas que Nasrallah presume disponer en el terreno para acallarla.

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