La sorprendente carrera del periodista del New York Times que se dedicó a investigar su propia vida de excesos y murió de manera trágica

David Carr nació en Minneapolis, en 1956, y fue un notable periodista estadounidense (Participant Media/History/Kobal/Shutterstock)
David Carr nació en Minneapolis, en 1956, y fue un notable periodista estadounidense (Participant Media/History/Kobal/Shutterstock)
(Participant Media/History/Kobal/Shutterstock/)

David Carr fue un gran periodista. Tenía todas las herramientas necesarias: ideas, pasión, una prosa contundente, mirada profunda, buen oído, devoción por la verdad. A tal extremo llevó su profesión que cuando tuvo que escribir su (agitada) vida no confió en su memoria. Decidió investigarse a sí mismo. Realizó más de 70 entrevistas a ex novias, hijas, familiares, jefes, amigos, terapeutas, abogados y hasta a acreedores.

No hizo mal. Su memoria era más falible que la gran mayoría de las demás. Sus adicciones hicieron que muchas de las situaciones fueran imposibles de reconstruir sin ayuda documental y testimonial. Y no quería engañarse a sí mismo; sabía que, como escribió Fiódor Dostoievski, “todos recordamos las partes del pasado que nos permiten afrontar el futuro”.

Decidió contar su vida a través de este método cuando intentó reconstruir una noche en particular. Una noche que otro podría catalogar como la peor de su vida. Pero como él se exigió sinceridad no pudo hacerlo. Ni por asomo fue la peor noche de su vida. Fue terrible, sí. Pero tuvo otras mucho peores. En esa ocasión llamó a su mejor amigo para hacerle un reproche. Discutieron por teléfono. Los dos atiborrados de sustancias. David fue a la casa del otro. Furioso. Golpeó la puerta hasta que la otra habitante, la hermana del amigo, apareció tratando de calmarlo. Pero fue infructuoso. David corrió hacia la parte de atrás de la casa. Quería entrar a toda costa. Pero llegaron antes y trancaron las puertas. Ciego, rompió uno de los vidrios de un puñetazo. Los vidrios se clavaron en su brazo; la sangre cubrió todo su brazo y se extendió a la remera y al pantalón. De pronto vio a su amigo, su mejor amigo, con una pistola en la mano. Le dijo que se fuera, que había llamado a la policía.

David Carr siguió intentando ingresar a la vivienda a la fuerza hasta que entre la amenaza del arma y las sirenas de los policías que se acercaban decidió la fuga. Mientras escapaba, un cansancio profundo, existencial lo invadió. Se tiró a dormir en unos arbustos. Lo despertó el sol en los ojos. Tenía vómito en su ropa, sangre seca y decenas de vidrios incrustados en su brazo.

Carr es uno de los protagonistas del documental "Page One", que cuenta la vida dentro del New York Times (Amanda Schwab/Starpix/Shutterstock)
Carr es uno de los protagonistas del documental “Page One”, que cuenta la vida dentro del New York Times (Amanda Schwab/Starpix/Shutterstock) (Amanda Schwab/Starpix/Shutterstock/)

Sin embargo, cuando en su pesquisa posterior intentó recrear este episodio, descubrió con sorpresa que todos sostenían que el que esa noche llevaba una pistola era él, a pesar de que siempre odió las armas. Esa pistola, averiguar quién la blandió esa noche, se convirtió en una alegoría de su vida pasada.

La reconstrucción que David Carr hizo de su vida dio como resultado un libro extraordinario: La noche de la pistola, traducido hace poco al español por la editorial Libros del K.O. y distribuido en la Argentina por Big Sur. Es una memoir descarnada. La inmersión en la propia vida a través de las técnicas más rigurosas del periodismo norteamericano. El fact-checking es una premisa inviolable para Carr. Cada afirmación está respaldada por un testimonio, por un documento, por una historia clínica, por un documento judicial. Era la única forma de hacerlo con sinceridad. Él sabía que sin ese respaldo estaba escasamente calificado para hacer el inventario de su vida.

Carr trató de documentar cómo ese joven talentoso, alegre y encantador, admirado por muchos, se había sumido en una vida miserable. Cómo se había convertido en un criminal, en alguien que golpeaba y enloquecía a sus parejas, robaba, que había dormido varias veces en calabozos mugrientos. Trató de fijar una larga serie de conductas reprochables, abandonos y delitos. Así lo explica en su libro: “En la versión novelada de mi vida, yo era básicamente un buen tipo que dio un par de giros equivocados y acabó en una zanja. En la versión periodística, yo era una persona que vio la señal que decía curvas peligrosas pero pisó el acelerador y, en su carrera desenfrenada, atropelló a todo tipo de gente”.

La reconstrucción que David Carr hizo de su vida dio como resultado un libro extraordinario: "La noche de la pistola", traducido hace poco al español por la editorial Libros del K.O. y distribuido en la Argentina por Big Sur.  (Amanda Schwab/Starpix/Shutterstock)
La reconstrucción que David Carr hizo de su vida dio como resultado un libro extraordinario: “La noche de la pistola”, traducido hace poco al español por la editorial Libros del K.O. y distribuido en la Argentina por Big Sur. (Amanda Schwab/Starpix/Shutterstock) (Amanda Schwab/Starpix/Shutterstock/)

David Carr nació en Minneapolis en 1956. De chico era díscolo e inquieto. Desde muy joven consumió marihuana y cantidades industriales de alcohol. Se fue pronto de su casa. El día que cumplió 21 años conoció a la que sería su primera esposa (se casó abruptamente, como hacía todo en la vida) y probó cocaína por primera vez. Luego hizo todo lo que se puede hacer con la cocaína. Aspirar, fumar, inyectarse, comprar, vender.

Tuvo varias parejas a las que maltrató y golpeó. Estuvo preso por violencia, por manejar borracho, por posesión de estupefacientes, por denuncias de sus novias. Se casó y se divorció varias veces. Mientras tanto, se abría camino en el mundo del periodismo de la ciudad. Apenas tenía treinta años pero ya había logrado premios, varias exclusivas y que algunas de sus investigaciones sobrepasaron el ámbito local y repercutieron en todo Estados Unidos. Pero su ritmo de vida atentaba contra su trabajo y todo ese potencial lo fue desperdiciando. Llegaron los despidos encadenados. Pasados una meses ya nadie confiaba en sus capacidades. Sabían que no obtendrían lucidez de él. Se presentaba a las reuniones con el hedor de las consecuencias de los excesos de la noche anterior. Restos de vómito en la corbata, la camisa manchada, los pantalones raídos. Ese fue el momento en que llegaron la heroína y el crack.

Su vida tenía ribetes siniestros. Cada día era igual al otro. Uno tan sórdido como el otro. Un día de la marmota de la adicción. O no. Cada día un poco peor que el anterior. La realidad de la adicción conforma una espiral descendente cotidiana que se reduce a obtener la sustancia, consumirla y destruir todos los vínculos que lo rodean

Se casó con Anna. Ella era dealer de cocaína. Recibía envíos de un cartel colombiano y los fraccionaba. Anna quedó embarazada de gemelas. “Las gemelas se gestaron en un entorno similar al de Bagdad, con bombas caseras explotando sin parar”, graficó Carr.

Al séptimo vez de embarazo mientras ambos calentaban con un encendedor el dorso de una cuchara para drogarse una vez más, Anna rompió bolsa. Como pudieron llegaron al hospital. Un inusitado ramalazo de lucidez hizo que le confesaran a los médicos sus hábitos: eso salvó a las nenas que apenas llegaban el kilo y medio de peso al nacer.

La noche del 12 de febrero de 2015, luego de moderar una charla pública con Edward Snowden, regresó las modernas y espaciosas oficinas de la redacción del New York Times. Poco después de las 9 de la noche lo encontraron tirado boca abajo en el piso de su despacho. Hacía unos minutos que estaba muerto (Participant Media/History/Kobal/Shutterstock)
La noche del 12 de febrero de 2015, luego de moderar una charla pública con Edward Snowden, regresó las modernas y espaciosas oficinas de la redacción del New York Times. Poco después de las 9 de la noche lo encontraron tirado boca abajo en el piso de su despacho. Hacía unos minutos que estaba muerto (Participant Media/History/Kobal/Shutterstock) (Participant Media/History/Kobal/Shutterstock/)

Los primeros meses fueron terribles. Nadie se explica cómo sobrevivieron esas dos gemelas prematuras en el infierno de ese hogar. Abuelos y amigos proveían leche y pañales y las alejaban de sus padres cada vez que podían.

Hasta que David decidió internarse. Un breve momento de racionalidad que salvó su vida y la de sus hijas. Subió a las pequeñas al auto. Tocó el timbre de la casa de sus padres y las dejó allí. Siguió camino hasta una clínica de rehabilitación. Esto que él pensó que había hecho casi de inmediato, a las semanas de que sus hijas salieran del hospital, sucedió recién ocho meses después de su nacimiento.

A la salida del tratamiento fue el momento de alejarse de Anna (sumida en la adicción) y criar a las chicas solo. No tenía trabajo. Había desaprovechado demasiadas oportunidades. Ya nadie confiaba en él. Creían que estaba acabado. Vivió un tiempo (largo) del seguro de desempleo y la solidaridad de sus afectos. Luego tuvo cáncer, un linfoma de Hodgkin que requirió muchas operaciones y un largo tratamiento que le dejó varias secuelas físicas.

El futuro no era alentador. Hasta que alguien le dio una nueva oportunidad en el periodismo. Primero en un semanario de Minneapolis, después en Washington, luego en Nueva York. Se casó con Jill y tuvo otra hija. Ahora eran cinco y su carrera avanzada a toda velocidad. Se mantenía alejado de las drogas y los excesos. Un día llegó el llamado soñado. El New York Times lo contrató para que escribiera de economía. Su fuerza de trabajo era conmovedora. Sabía que esta nueva oportunidad no la recibía cualquiera. Luego pasó a la sección Medios. Desde allí se convirtió en un referente ineludible. Él entendía los medios mejor que nadie y hacía un esfuerzo por seguir los cambios vertiginosos que traen las nuevas tecnologías.

Consiguió prestigio, un buen sueldo y estabilidad. Pero tuvo una nueva recaída. El alcohol volvió a aparecer y luego de tres años en los que pensó que podía controlar la situación decidió tratarse de nuevo. Una vez más logró salir a flote.

El periodista se hizo más conocido a través del documental Page One que retrata la vida dentro del New York Times a lo largo de un año. El tema principal de la película es la crisis de los medios gráficos tradicionales y los cambios que exigen los nuevos tiempos y hábitos. David Carr se transforma en protagonista de la película. Con su voz ronca, sus certezas, su apasionamiento, con esa capacidad para ver más allá que los demás.

Su trabajo tenía algo de investigador de novela hard boiled. Un humor seco, algo negro, contundencia en sus frases, una mirada llena de sarcasmo, reticente al halago y un humanismo que se camufla en la dureza de los gestos. Parecía, por sus modos, un periodista de los de antes. De los que hablaban por teléfono con los aparatos de tubo negro, escribían a máquina, mientras una nube azul del humo del cigarrillo los envolvía. Pero con las prácticas de antes logró entender el mundo nuevo y cambiante como pocos. Tenía una lucidez casi insoportable.

La edición digital del New York Times tuvo en su portada la noticia de la trágica muerte de Carr
La edición digital del New York Times tuvo en su portada la noticia de la trágica muerte de Carr

El adicto sin esperanzas se había convertido en uno de los periodistas que signaban a toda la industria periodística. Su voz era una de las más influyentes. Rara vez se equivocaba y cuando lo hacía lo gritaba a los cuatro vientos. El mejor ejemplo es una de sus últimas columnas. Se había conocido el caso de las violaciones y abusos múltiples del actor Bill Cosby. Carr reclamó a sus colegas que había fuertes indicios, rumores y comentarios sobre esas situaciones desde hacía años pero que los periodistas habían sucumbido al brillo de la fama del cómico y no habían investigado ni hablado. Y el primero de todos ellos, escribió, había sido él.

Ejerció su profesión bajo el signo de una cita de Oscar Wilde: “La pura y simple verdad rara vez es pura y nunca es simple”. Una máxima que tuvo presente cuando decidió contar su vida.

La noche del 12 de febrero de 2015, luego de moderar una charla pública con Edward Snowden, regresó las modernas y espaciosas oficinas de la redacción del New York Times. Poco después de las 9 de la noche lo encontraron tirado boca abajo en el piso de su despacho. Hacía unos minutos que estaba muerto. Su salud había empeorado en el último tiempo. Le habían detectado un nuevo tumor, esta vez en el pulmón. Murió en la redacción de un diario, del New York Times. Fue una muerte que, probablemente, hubiera elegido.

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