Así crece la tercera generación de la masacre de La Chinita

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Juan Arturo Gómez Tobón

Ese amanecer del 23 de enero de 1994, Digna Luz se acuclilló en un rincón y se tapó los oídos y la cabeza, en un intento por no escuchar los gritos desesperados ni ver el fuego. Cuando ya era de día, sobre una caja de cerveza, quedaron esparcidos los sesos del joven DJ. Afuera, la tierra se tiñó con la sangre de 34 hombres y una mujer asesinados por miembros de las Farc. La masacre de la Chinita marcó para siempre la memoria colectiva de Apartadó y Urabá.

Dos años antes, esas 35 personas hacían parte de un numeroso grupo de los ‘sintecho’ de Urabá que se tomaron un predio de la finca La Chinita, invasión considerada como la más grande de Latinoamérica. 

Comenzaron la noche del sábado 8 de febrero de 1992. Rompieron los cercos de la finca y se dividieron en cuadrillas. Con planos en mano, trazaron vías, midieron lotes de 7×14 metros por unidad familiar y delinearon otros para escuelas, una iglesia, parques, un centro de salud y una pequeña ciudadela para ancianos. 

Cuando salió el sol ya se veían 800 cambuches armados con horquetas y plástico negro, distribuidos en 115 hectáreas, y así nació el barrio Obrero de Apartadó en la finca La Chinita. A los cuatro días el censo contó a 12.000 habitantes, recuerda Mario Agudelo, líder de Esperanza Paz y Libertad.

El propietario del predio, Guillermo Gaviria, interpuso una acción de tutela y el Consejo de Estado ordenó el desalojo del terreno invadido. Desde Medellín llegaron más de 200 miembros del Escuadrón Móvil Antidisturbios. Al llegar a la invasión se encontraron con que el barrio estaba acordonado por miles de mujeres, hombres y niños tomados de las manos. La medida se reversó. “Recuerdo muy bien que los Esperanzados se reunieron con las autoridades y se acordó que el 14 de agosto se desocuparía la finca, pero no se pactó de qué año”, recuerda con una sonrisa Estela Flórez, fundadora del barrio y sobreviviente de la masacre.

Ciro Abadía, presidente de la Asociación de Víctimas de Antioquia (Asovima),  quien para la época hizo parte de los líderes de la invasión, recuerda cómo se normalizó el barrio Obrero: “quisimos negociar con Guillermo Gaviria, pero siempre decía: ‘yo no negoció con invasores, solo lo hago con el Estado’. Entre tires y aflojes, el presidente Ernesto Samper pagó más de 4.000 millones de pesos por el predio”.

Formalizada la compra, la alcaldía de Apartadó hizo una venta colectiva. Cada unidad familiar debía pagar 900 mil pesos, con un subsidio de 600 mil pesos del Inurbe. Ese dinero se usó para los gastos notariales y de escritura, recuerda Ciro Abadía. 

Dentro de los logros de Asovima, que agrupa a las víctimas de la masacre de La Chinita, está el reconocimiento del barrio Obrero de Apartadó como sujeto de reparación colectiva, una figura que ha permitido la inversión de 280 millones de pesos en el barrio por parte de la Unidad para las Víctimas, y han sido entregadas 55 indemnizaciones a familiares directos de las 35 víctimas de la masacre. 

Una verbena para nunca olvidar

Rufina Perea tenía 80 mil pesos guardados debajo del colchón y debía decidir si compraba los útiles escolares para sus hijos y un congelador para hacer hielo o si hacía mercado. Con la ilusión de poder hacer ambas cosas, le sonó la idea del “Paye”: hacer una verbena para recolectar fondos.

Pasaron una semana organizando todo para ese 23 de enero. De Turbo se trajo el mejor picó. El Gran Juancho llegó desde la noche anterior. Con unas tablas que iban a ser el rancho de Soledad Allín se armó la tarima, y se llenaron de cerveza hasta el tope los dos únicos congeladores del barrio, recuerda Digna Perea.

Enseguida la memoria de Digna se nota pesada, su mirada se embolata, su rostro pierde expresividad y tras una bocanada de aire sordo empieza a narrar: “Mi mamá me dijo: ‘bueno mija, a usted le va tocar vender la cerveza’. A la 1:30 de la mañana, estando muy contenta por lo bien que nos estaba yendo, empecé a ver a la gente corriendo por los laterales, y desesperados se metieron a la casa, yo no entendía qué pasaba. Cuando, de repente, escuché ráfagas de fusil. Sus balas venían acabando con la vida de mucha gente. Esa noche asesinaron 35 personas, pero también mataron los sueños de los que sobrevivimos”.

Digna inclina su cabeza y trata de no llorar, pero le ganan los recuerdos. La asaltan a cada instante: “esas personas troncharon nuestros sueños”. 

“Después de esa noche negra, nuestra familia se dispersó; todos cogimos rumbos diferentes, nos tuvimos que desplazar por un tiempo. Aún hoy, en pesadillas, recuerdo los sesos del DJ esparcidos sobre una de las cajas de cervezas que tenía a mi lado. Yo quedé en shock. Mi madre me sacó a empujones en medio de las llamas. No contentos con haber masacrado a tanta gente, les prendieron fuego a la tarima y al picó”.
Digna suspira, como tomando aire de lo más profundo de su alma y se desahoga: “El Estado y los medios de comunicación son quienes no han permitido que nuestra familia sane, cada año, para esta época, a nuestra casa llega en romería funcionarios y gente. Se toman fotos y los periodistas tocan la puerta sin importar la hora”.

Después de la masacre, se desató una especie de cacería de brujas. En 1995, fueron condenadas 23 personas a penas entre seis y 51 años de cárcel. En 2005 fueron absueltas por la Corte Suprema de Justicia.

En entrevista con Pacifista!, en 2016, Elda Mosquera, alias ‘Karina’, dio su versión de la masacre: “pocos días después de lo ocurrido, en la vereda El Porroso de Mutatá, Iván Márquez llegó con un ejemplar de la revista Semana, en cuya portada salía la foto del entierro. Él, mostrando la portada, nos dijo que eso no debió ocurrir y que ese hecho era doloroso y nos narró cómo habían ocurrido los hechos. Se habló de Mario Mocho. Que esta masacre fue sin autorización del secretariado y que esto lo había hecho Mario en venganza por el asesinato de su hermano por parte del EPL. Márquez le aseguró a todo el Bloque que era real que la gente del EPL era objetivo militar, pero que eso se tenía que hacer de forma selectiva”.

El 30 de septiembre de 2016, en el liceo San Pedro Claver del Barrio Obrero, una comisión de la Farc, encabezada por Iván Márquez, pidió perdón por la masacre. Hoy la investigación por este acto atroz se encuentra en la Justicia Especial para la Paz. De todas formas, 26 años después las víctimas siguen esperando la verdad. 

De repente, la algarabía de los niños que juegan en la calle de “la masacre” interrumpe los recuerdos de Digna. Ella se levanta de la silla y los llama: uno a uno van dejando en perfecto orden las chanclas en el zaguán de la entrada, saludan y buscan su espacio en la pequeña sala de cemento rústico pintado de rojo. 

Sanar “Paso a pasito”, pero sin olvidar 

Paso a pasito es una fundación que crearon Digna Allín Perea, su hija Karen Dayana Gamboa Allín y Dayana Urrutia. Juntas se propusieron sanar las heridas que de esos tiempos y evitar que los niños se dejen tentar por la violencia. Ofrecen a cambio literatura, cine y pintura.

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Para Digna, los libros le sanaron el odio y el deseo de venganza; además la salvaron de pertenecer algún grupo armado: “hoy, como hace 26 años, pertenecer a una pandilla o hacer parte de un grupo armado son las opciones que más tienen a la mano los jóvenes del barrio Obrero”.

La voz de Digna se torna más fuerte: “después de una batalla entre pandillas del barrio, vi a los niños de mi cuadra jugando a matarse, me cuestioné: la muerte no es un juego, algo tengo que hacer. Es triste la verdad, pero quienes han estado y están a un lado y otro de las armas son jóvenes que han crecido en estas calles”. Esa misma tarde, Digna sentó a seis niños y les leyó El Principito en la sala de su casa.

Paso a Pasito empezó con seis niños, el 29 de julio de 2018. Dieciocho meses después, cada viernes, 80 muchachitos exploran otras opciones de vida en el espacio donde ocurrió la masacre de La Chinita.

“La Masacre de la Chinita es una maldición que aún sufrimos”

No superan los 14 años, son la tercera generación de víctimas y sobrevivientes de la masacre de La Chinita y, aún así, sienten que la violencia contra sus ancestros es un lastre que les impide cambiar la realidad: “La veo como una maldición que aún nosotros cargamos”, dice un niño de 12 años habitante del barrio Obrero.

Aunque el vecindario cuenta con parques, gimnasio al aire libre y canchas, las fronteras invisibles les pone condiciones para disfrutar de esos espacios a los más jóvenes: “a mí me da miedo salir de las cuadras del bloque dos. Ayer era la guerra entre el ELN y las Farc o entre paramilitares y guerrilla, hoy es entre jóvenes del mismo barrio. A uno lo pueden matar solo por pasar de un bloque a otro”, reconoce un chico de 14 años que asiste a la fundación Paso a Pasito.

Algunos llegaron a la casa de Digna por curiosos, otros por invitación, muchos porque nunca habían visto una película: “yo nunca he ido a cine, eso vale toda la plata del mundo. Un día estaba toda aburrida en mi casa. Desde la calle llegaba la voz de El Rey León, la seguí y llegué cerca a la casa de doña Digna. Me paré lejitos, para no molestar. Ella me sonrió y me invitó a sentarme, desde ese día no dejo de venir. Acá todo es diferente”, cuenta una niña mulata de 11 años.

Para ‘Karen’, Digna se ha vuelto una segunda madre: “un día por un chisme me peleé con mi mejor amiga, eso me puso muy triste. Al otro día, muy temprano fui donde doña Digna y le conté todo, nos citó a las dos en la tarde, hablamos, nos perdonamos y nos abrazamos. Es que yo antes era muy ‘peliona’, por cualquier cosa me iba de ‘jalada’ de greñas. Aquí me enseñaron que las cosas se arreglan con el diálogo”.

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En el círculo donde ya todos los chicos se animan a contar su experiencia, un niño alza la mano: “Yo quiero hablar. Mire, uno lee en La Chiva de Urabá o escucha en las esquinas: ‘lo mataron por ladrón, le pegaron cuatro tiros por vicioso o lo ‘machetió’ la pandilla rival’, como si nosotros fuéramos el problema. En Colombia se roban la plata de la alimentación escolar y de los ancianos. Mire, por ejemplo, toda mi vida llevan construyendo el estadio Catherine Ibargüen y no lo han terminado. El problema de Colombia es la corrupción”.

La fundación Paso a Pasito también imparte charlas de sexualidad, drogadicción, resolución de conflictos, aseo y de prevención a los abusos sexuales. En esta actividad de brindarles un espacio digno a niños vulnerables del barrio obrero de Apartadó, Digna no recibe ningún apoyo del Estado, solo la Fundación Rosalba Zapata les ha tendido la mano. Las necesidades más apremiantes de los 80 niños de la fundación son: material didáctico, una carpa, un proyector, sillas, un computador y libros. “Ya los libros que tenemos los estamos releyendo y vemos películas cuando la fundación Rosalba Zapata nos presta el proyector”, dice una niña con marcado acento paisa.

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