Contra el abuso o acoso sexual en el periodismo

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Por: Emmanuel Vargas Penagos*

El 5 de febrero, el canal de YouTube Las Igualadas publicó un video sobre el acoso sexual en las salas de redacción colombianas. El video trae dramatizados de casos en los que las mujeres son tratadas como objeto sexual en lugar de profesionales. La línea del acoso puede pasar al abuso, como contaron Las Igualadas en septiembre 2019 con el caso de Vanesa Restrepo, periodista de El Colombiano, quien denunció que el macroeditor Juan Esteban Vásquez la habría abusado mientras estaba durmiendo después de una fiesta. Según cuentan Las Igualadas, El Colombiano cuestionó la ropa y el comportamiento de la periodista, como diciendo que “se lo buscó”.

Esta situación también fue resaltada por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) en el caso de Jineth Bedoya, víctima de secuestro, violencia sexual y tortura en 2001. En esa decisión de 2018, la CIDH aprovechó para explicar que las periodistas suelen enfrentar violencia y discriminación en el terreno y en su lugar de trabajo.

Luego aparece el tuit de Gustavo Bolívar en el que revictimiza a la periodista Claudia Morales, quien denunció hace dos años que había sido violada por uno de sus jefes. Bolivar se excusa con que “la sed de la justicia nos hace perder los estribos” y convierte un problema de la sociedad colombiana en un chiste flojo. Cuando Morales hizo su denuncia en 2018, explicó que su agresor era una persona poderosa y peligrosa, por lo que prefería guardar silencio sobre el nombre.

Cuestionar esto y exigir la revelación del nombre es dejar de lado una realidad que ocurre en Colombia y en toda Latinoamérica. En ese mismo 2018, la CIDH explicó en un informe que, en el continente, las víctimas de violencia sexual casi no asisten a la justicia por los diferentes obstáculos que enfrentan. Ese mismo informe explica que para las periodistas existe un factor profesional: el miedo a la estigmatización, a la pérdida del trabajo, al aislamiento y a las represalias por parte del agresor.

Y es que el simple hecho de denunciar la discriminación o hablar sobre temas de género suele traer repercusiones. La CIDH explicó en el caso de Jineth Bedoya que, cuando desafían los estereotipos machistas, las mujeres terminan enfrentando violencia y discriminación. Esta violencia suele ser diferenciada: insultos sexistas, objetivación, amenazas o perpetración de violación o de feminicidio. La Fundación para la Libertad de Prensa cuenta en su último informe anual que una de las periodistas de Las Igualadas, Mariángela Urbina, ha recibido amenazas de violencia sexual por medio de redes sociales a raíz de su trabajo periodístico sobre temas de género.

Podría decirse que es un tipo de violencia más ensañada y, como lo explica el informe de la CIDH, se basa en la creencia de que las mujeres son inferiores y subordinadas. Son ataques que buscan reducir a la mujer como persona y re-imponer un rol de superioridad del hombre que muchas mujeres han luchado y siguen luchando por deconstruir. Un ejemplo es lo sucedido con la periodista Khadija Ismayilova en Azerbaijan

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. Ella fue grabada con cámaras secretas mientras tenía relaciones sexuales con su pareja y recibió una carta que decía: “Deja de hacer lo que haces o serás avergonzada”. Los agresores publicaron el video en internet y enviaron fotos con contenido sexual de la periodista a un medio que se abstuvo de publicar.

La CIDH también explica que, como parte de esa violencia diferenciada contra las mujeres, las agresiones suelen dirigirse también a la familia de las víctimas, incluyendo hijos e hijas. Un ejemplo de eso es el caso de la tortura psicológica del DAS a la periodista Claudia Julieta Duque. Está comprobado que esa entidad tenía un manual con instrucciones para llamar a Duque y amenazarla directamente con la integridad y libertad sexual de su hija, además de dirigirle insultos sexistas.

Tanto el caso de Ismayilova como el de Duque están sumidos en la impunidad. Esto desalienta e intimida a las víctimas en la búsqueda de justicia e incentiva a los agresores, sean colegas o no. Si a la sensación de que no se va a lograr justicia se suma el miedo a quedarse sin trabajo y a ser señalado por sus pares, no es sorprendente que las mujeres prefieran callarse sobre el acoso o abuso de jefes o compañeros de trabajo.

En Europa, el Consejo Europeo ha dicho que los medios de comunicación deben tener un rol más activo para enfrentar este tipo de situaciones. Parte de esto incluye tener rutas apropiadas para las denuncias, para que no sucedan cosas como lo que contaron Las Igualadas sobre el caso de Vanessa Restrepo.

Pero la reflexión entre colegas es más importante. Ya sea por la acción, omisión o el aplauso, muchos hombres hemos aportado al ambiente y cultura del abuso. En lugar de reclamar porque “no todos somos iguales” y exigir que se digan nombres, hay que preguntarse qué puede hacer o dejar de hacer cada quién para que los casos no existan y, si suceden, sean castigados.

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*A Emmanuel lo encuentra acá.

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