Diario: crónica navideña desde el país que exige un Estado que respete la vida

 

Este texto hace parte del Diario del Paro, una serie de textos sobre lo que está pasando en Colombia en estos días escritos en clave de diario personal. Para leer el resto de entregas haga clic acá.

 

Mediodía de Navidad (24).

Estoy solo en la finca. Todos se fueron al pueblo. Suena música vallenata (vallenato cachaco, diría un costeño) y escribo mensajes de amor desde la piscina por WhatsApp.


“Ey, parceros, feliz nacimiento de Jesucristo hace no sé cuántos años (que es lo que literalmente significa la navidad) y salud por esta amistad (que es lo que significa en sentido figurado). O sea salud por ustedes, hijueputas (la coma cuando es vocativo, no se olviden). Que es lo que significan en sentido exacto las fiestas decembrinas. Feliz 2020 y que viva el Paro Nacional. ¡O qué! ¿creyeron en algún momento que no se trataba siempre de eso?”


Un amigo me preguntó en ese mismo chat que si estaba trabado…


*


—¡Es navidad, es navidad! —gritó mi primo chiquito esta mañana mientras corría, loco, alrededor del balcón del segundo piso de la casa bajo un sol canicular (como diría Carolina Sanín que escriben los periodistas intentando ser literarios. Y es verdad. Un amigo periodista calvo que conozco (yo) no hace más que poner adjetivos idiotas cuando escribe. Aunque lo intenta).


Al otro lado del grito, mi abuelo contaba desde la sala de la casa (mientras explicaba qué era ese sable que sostenía en sus manos) cómo en el 99 guerrilleros de las FARC vinieron a cobrarle vacuna (que es extorsión a cambio de libertad y vida) y cómo un equipo del Gaula de la policía detuvo un secuestro el mismo día que lo iban a ejecutar (el secuestro).


Mi prima le acababa de preguntar la historia de ese sable nomás.
—Abuelo, ¿y este sable? —había preguntado ella segundos antes.
Era una reunión de sala en la que estaban involucrados mis dos primos, mi tío (con el que discutí anoche sobre el Paro) y mi abuelo.
Mi tío estaba enseñándole a su hijo, Daniel, cuáles de las espadas quedarían en herencia suya (de Daniel).
Mi primo chiquito (el que grita como loco, feliz y loco de tener de juguete un castillo) habría de golpear un vidrio de su tamaño (del de mi primo) contra el piso en un intento suicida por destrozar las fiestas decembrinas antes de tiempo en mil pedazos.
Le alcance a quitar el vidrio al primo justo antes de que lo hiciera. De que se cagara el paseo.

*

Desde la piscina veo ahora El Castillo, como llamamos a la casa de mi abuelo. Se llama El Castillo porque es, en efecto, un castillo. Esculturas de mujeres y signos zodiacales rodean la casa. Hay banderas de todo tipo y lugar colgadas sobre los balcones. Cuando estuvo en su auge, El Castillo alcanzó a tener seis niveles. Las banderas están superadas por una mayor en tamaño y vejez, que es la de Colombia. El último nivel, el que ya no existe era un mirador: desde donde se veía toda o casi toda la olla del río Suárez. La provincia del Socorro, que fue comunera y que tiene a la Serranía de los Cobardes al frente y que esconde del observador el río Magdalena.


La serranía de los cobarde son los límites más altos de la cordillera oriental, a esta altura, cuando es más ancha la cordillera. Al oriente está el Cocuy, más allá los llanos y el Orinoco y Venezuela y más allá España, etcétera. Paisajes que no se alcanzan a ver desde el inexistente último piso del castillo.

23 de diciembre.
Boyacá. Vamos por la carretera que conecta a Bogotá con Tunja y luego con Santander. El paisaje de este altiplano siempre me ha parecido melancólico. Incluso con sol (sobre todo cuando hace sol). Pasaremos unos días en la finca de mi abuelo con los hermanos de mi mamá y mis primos. Mi tía tararea una canción de Shakira, esa banda sonora de su juventud, de mi niñez. Mi primo, su hijo de seis años, mastica la boquilla  de un termo lleno de jugo. Cada vez que cogemos una curva, él grita desde atrás (sin dejar de mascar el termo): “¡estamos dando vueltas!”.


Ahora mismo pasamos junto al Puente de Boyacá, ese incipiente recuerdo nacional.

Estoy escribiendo con lentitud (además de mal y torpe con una prosa contrahecha). ¿Qué tiene que ver el reciente encuentro de dos cuerpos cerca a Santa Marta, los cuerpos de una pareja recién casada, que llevaba desaparecida desde hacía tres días, con este viaje por una carretera colombiana?
Iban por la carretera hacia Palomino y los interceptaron y no se sabe más hasta esta mañana que encontraron sus cuerpos.

(Llegamos a Tunja. Mi primo chiquito y loco pregunta si seguimos dando vueltas).
En la noticia dicen que ella era ambientalista y trabajaba por la protección de la cuenca del río Magdalena y Cauca. Y no hay que ser muy astuto para conectar los dos hechos: el liderazgo ambiental con el crimen. 

¿En qué momento se convirtió el liderazgo ambiental en sinónimo de muerte? Pero quizás no sea una pregunta temporal. ¿Cómo el proceso de aniquilamiento de esos liderazgos permiten que todas estas cosas que llamamos símbolos sostengan un proyecto de nación determinado y hasta el día de hoy (200 años después de la batalla en ese puente chiquito) impune? 

Y ni siquiera esas son preguntas adecuadas, mucha metafísica y poco periodismo. 

¿Quiénes se benefician puntualmente con sus muertes?
¿Qué es este montón de letras y palabras?


*


Mareo. Mi primo se queda quieto por fin. Acabamos de pasar junto a la monumental Iguaque y luego por el Cañón de Arcabuco y sus paredes súbitas. Este año es tantas cosas y entre ellas mi adicción creciente por los mapas. Por los mapas colombianos.


Alguien pone en tuiter que la legitimación de la muerte de un joven que protestaba en la capital por parte del Gobierno es el espaldarazo para que grupos armados se sientan respaldados para asesinar. Sin más. Y eso es lo que nos han dicho este año todas las personas con las que hemos hablado sobre el asesinato de líderes sociales. La estigmatización es el suelo ideológico en el que se asientan esas muertes periféricas.

 

20 de diciembre
Me mamé. Acabo de desinstalar tuiter. Me mamé del escrutinio público, de las formas rápidas de pensamiento (si es que eso se puede llamar pensamiento), me mamé de la linchada y de la agrupación colectiva. ¿Cómo pensar y leer el Paro Nacional por fuera de esa aplicación adictiva y fácil?

 

23 de diciembre. 5:49pm
Santander. No quisiera repetir las palabras de mi abuelo utilizadas para explicarle al novio de su nieta (venidos de vacaciones desde Costa Rica) la “mala situación del país”. No quisiera repetir los vacíos conceptuales al explicar las razones del Paro, al hablar de los estudiantes como el sector más privilegiado de esta sociedad, o de los indígenas como el principal problema del país. No quisiera repetir su explicación escueta del Acuerdo de paz y del laxo tratamiento por parte de la justicia con los exguerrilleros y de lo implacable que ha sido en los últimos tiempos ella con quién nos “salvó de la hecatombe y del abismo”.

No quisiera repetirlas y quisiera preguntarle, en cambio (salir del cuarto, interrumpirlos), por la pareja de ambientalistas que asesinaron en la Sierra Nevada y saber si él cree que esa no es razón para protestar, si cree que no hay que señalar por eso mismo a un Gobierno que no ha sido enfático en la condena de estos crímenes (y mucho menos ha aceptado su sistematicidad) y si no cree que hay una línea que une el asesinato de un estudiante por parte de agentes del Estado (y la legitimación de esa muerte por parte de senadoras y vicepresidentas) con el asesinato de un par de ambientalistas en territorios controlados por paramilitares?


Quiero salir y decirle todo esto cuando él interrumpe al novio de mi prima (mientras este le explica unas razones macroeconómicas en Costa Rica que llevaron a pasar una ley de ajuste fiscal) y le dice mi abuelo al novio de su nieta:
—¿Imaginas el miedo? Acá a esta hora ya teníamos que estar encerrados en la casa y con candado. ¿Cómo no va a agradecerle uno a Uribe?

 

24 de diciembre. Piscina.

Sería bonito que este Paro de navidad nos regale que en Colombia dejáramos los colombianos de fingir. ¿Y qué es un colombiano?, preguntaba alguien hace poco.
Que dejáramos de fingir los colombianos y posar de lo que no somos.

Hablo de la derecha, por supuesto

*


Sol de 2019 de diciembre, recárgame de ti.
Sé luz suficiente para afrontar la tortuosa vida de vivir bajo un gobierno y un régimen de sentido como el actual en enero.


Permítele al Paro Nacional seguir pensando Colombia de una manera nueva. Y no sólo pensando sino infectando las formas del sentir. ¿No era que (según un diario argentino, que reproducía una nota de un diario catalán) las protestas en el mundo eran un virus?
¿Y qué significa pensar el descontento social del mundo como un virus?


Sol de José Antonio Galán y Antonia Santos y antes que todo de Manuela Beltrán, (la primera mujer en América, decía ayer mi abuelo whiskeys en mano y mente, en rebelarse contra España, etcétera).

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Líbranos del cinismo y de la estupidez.
Llénananos de coraje para pensar por y sobre nosotros mismos; sobre nuestros cuerpos colombianos y nuestro destinos.


Sobre la forma de pactar y vivir en comunidad y en conflicto sin que nadie tenga que decidir sobre la vida de nadie.
Haz que en Colombia sea cierto eso de que no existe poder o decisión sobre la muerte de una persona (salvo que sea voluntaria y autónoma la determinación de jalar el gatillo que pone fin a la vida).
Sálvanos, sol, y haz que esta fiesta siga.
Y ayúdanos, claro, a atravesar el guayabo con entereza. Con capacidad de asombro y fortaleza.
Sol del Paro Nacional, venid y contagia esta alma gustosa de más amor.

 

26 de diciembre

“El Gobierno tiene la voluntad de revisar esos puntos, pero no vamos a negociar el Estado” dijo hace unos días a la prensa Diego Molano, delegado del gobierno ante el Comité de Paro frente a las peticiones presentadas por este último. 


“Radicales”, “descabelladas”, “curiosas”, “ridículas” y “llamativas” fueron los adjetivos con que los grandes medios titularon la noticia: 104 peticiones por parte del Comité de Paro al gobierno. Las 13 exigencias, desglosadas, pasaron a ser más de cien en el transcurso de un mes.
Creo que es un error estratégico por parte del Comité de Paro haber presentado un tan alto número de reclamos. Las exigencias deberían ser por el momento menos y más concretas.
Pero es un error también por parte del gobierno, los medios y los protectores del Estado decepción creer que son demasiadas.

Son menos las que había que presentar y son infinitas más las que exigimos.
En este Paro están en juego muchas cosas más allá de los compromisos burocráticos. Estamos negociando un sistema de convivencia que no asesine la vida de quienes la protegen. Si eso es negociar el Estado, pues entonces no vamos a levantarnos por menos.


*


Versos de amor para el Paro:

 

Paro de mi corazón
Si tú te vas, me hace huelga el corazón
Si tú te vas, me matara el dolor
Si tú te vas, se acaba mi pasión
Paro de mi corazón
Si tú te vas, me hace huelga el corazón

 

 

18 de diciembre. Novena bailable en el Parkway
Azulejos azules. Y no me digas, poooobre. Karaoke. Por ir viajando así. La gente espera afuera a entrar. Y afuera también cantan ahora salsa. El Joe. Y una revolución que se gestaba desde entonces. Son muy grandes estos baños. Esclavitud perpetua. Estos baños de los apartamentos del Parkway son unos potreros de baños. Y cuál es el sentido de escribir más allá de la vida. Licor que rueda. Un matrimonio africano. Ladra un perro y adentro esto solo es amplitud. Iván, los niños y las niñas siempre serán inocentes. Y yo llevo aquí sentado años.

Ante bombardeos, ante cualquier forma de la guerra, del conflicto armado y de la sofisticada economía del despojo y la explotación de la vida. Hemorroides vendrán. Uno no da la orden de bombardear niños así como así.
No le pegue a la negra que no es lo mismo a decir que no le pegue a mi negra. Etcétera. Y Dilan no murió, a Dilan lo mataron. Esto cantan afuera en la fiesta. En este tren, en este tren al suuuuuuuuuuuuur.

 

24 de diciembre a las 2:06am
Varias cosas.
Una: el whiskey no me molesta tanto como pensé.

Dos: pactamos con mi tío hacer una serie de entrevistas o conversaciones con mi abuelo para registrar y escribir (yo) una crónica de su vida. (Ojo: si mi tío me paga en especie, es probable que viaje este año que viene a Costa Rica).


Tres: tuvimos una extensa conversación (son las horas que son) entre mi tío, el novio de mi prima y yo, sobre todas las cosas: que es como decir sobre el Paro y sobre las formas en las que se desarrolla una sociedad y sobre la corrupción y la educación, e incluso sobre la masacre de las bananeras y García Márquez. Mi tío decía que “ese mentiroso Nobel de Paz” nos dejó mal durante muchos años ante la inversión extranjera etcétera.


Cuatro: El caso es que pudimos sostener (Mauricio y yo) una argumentación decente sobre lo que significa una sociedad justa, que no tenga como plan económico uno en el que se despoje la tierra y se asesinen a campesinos para que luego, años después, se produzca, por ejemplo, cultivos de palma de aceite, etcétera.


Cuatro y medio: me dio la impresión de que mi tío no entendía bien la relación entre masacres paramilitares (que yo explicaba), despojo y apropiación de tierra. (Pero quién soy yo para saber exactamente cómo funciona el despojo y lo que pensaba mi tío con varios whiskeys encima).
Cinco: mi tío es hermoso. Y la gente es muy chistosa cuando empieza a “perder” una batalla argumentativa (sea eso lo que signifique).
Seis: mañana me pienso tripiar.

 

25.¿ahora sí es Navidad?


Mientras veo a Jacobo (mi primo chiquito) nadar frenéticamente en la piscina pienso en lo que escribe Rybeiro sobre el advenimiento de los niños al mundo: son como la irrupción de los bárbaros en el viejo imperio romano, dice Rybeiro.


Destrozan en pocos meses de vida todos los signos exteriores de nuestra cultura doméstica y gregaria: jarrones, esculturas, escopetas, ceniceros, copas de cristal, mapas, tenedores, planchas. Todo lo vuelven añicos. Se siente el niño frente a estos objetos —cuya utilidad desconoce— como el bárbaro frente a productos enigmáticos de una civilización que no es lo suya.


Pienso si habría pensado Duque en algún momento que los niños destruyen los signos de una cultura —para ellos caduca— porque saben que podrán reemplazarlos, puesto que encarnan ellos, potencialmente, una nueva cultura, antes de dar (Duque) la orden que implicaba ese bombardeo en Caquetá y la muerte de esos niños. Y por tanto la muerte de esa irrupción en lo viejo.

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¿Sabía Duque que estaba asesinando lo nuevo?
¿Pensó Duque que esa decisión en la que determinó que su fuerza aérea bombardeara niños, implicaría la muerte de una cultura en potencia?

Ayer salió con sus tres hijos dando un mensaje navideño (¿Qué se cree, por cierto? ¿el rey de España? No seamos tan pendejos. Y el rey de España es otro pendejo, por si hacía falta decir).

 

21 de diciembre

Colombia es otro país. Colombia es el país otro. El país desvinculado. El que no conocemos, pero tratamos. El país de las geografías múltiples (tres cordilleras, llano, amazonas, Magdalena Medio, costa pacífica, etcétera), el país de los pueblos imposibles, de los sueños diversos, ancestrales, locos y cocainómanos, de los sueños mafiosos. Colombia, el país de la mafia y del trueque, de las historias cambiadas y sordas. De las historias confusas. El país que no ha podido (o no ha querido, de ahí que radique la diferencia) saber ser distinto. El país esquizofrénico que no reconoce que produce más coca que café. El país hipócrita y torpe. El país de las filas en los bancos.

 

25 de diciembre. Tarde.
Asesinaron ayer a Lucy Villarreal, líder de Tumaco, justo cuando acababa de salir de dictar un taller. Y los contadores de muertos siguen cobrando muertes y los nombres apeñuscándose en el olvido.

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Santiago aparece por acá en caso de que quiera ver o leer o escuchar lo que retuitea o comenta en estos días de Paro Nacional.

 

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