Eduardo Sacheri: “La vida es una mierda y casi todo lo que deseamos no va a suceder, aunque lo merezcamos”

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Cuando no había estado de alarma, en la despreocupada espera de la expansión del coronavirus, la vida era así: conversaciones en cafeterías, conversaciones sin protección, conversaciones sobre libros. El porteño Eduardo Sacheri, mundialmente conocido por escribir El secreto de sus ojos —el libro original se llama La pregunta de sus ojos, en realidad—, cuyo guion escribió más tarde y a dos manos con Campanella y tuvo como resultado la conmoción general y un Oscar, estuvo en Madrid para presentar su última novela: Lo mucho que te amé (Alfaguara). Una historia de amor y decepciones, de descubrimientos y culpabilidad y primeras veces, de la Argentina a mediados del XX, de libertad individual y heroicidad frente al destino. Sacheri, a riesgo de caer en clichés—el que escribe estas líneas, digo—, hace extraordinario lo ordinario. Lo mucho que te amé es una novela estupenda para lectores que, en días de aislamiento, buscan libros que le hagan escapar, aunque sea por un rato.

Eduardo Sacheri:

Cubierta de Lo mucho que te amé, la última novela de Eduardo Sacheri. | Fuente: Penguin Random House

La primera pregunta es la más difícil: ¿Eduardo Saqueri o Eduardo Sacheri?

En realidad es Eduardo Saqueri. Pero como en Argentina se castellanizan todos los apellidos, cuando me empecé a hacer conocido, me resigné a Sacheri. Esto que tú me preguntas, allí no. No puedes ir a la radio o a la tele y decir: “No, mirá, mi apellido se pronuncia…”.

Pero también tienes familia de aquí, ¿qué fue lo primero que supiste de España?

Lo primero fue que mi familia materna viene de aquí. El mito fundacional de mi familia es mi abuelo, con 14 años, emigrando solo en 1907 para no entrar en el servicio militar y tener que pelear en la guerra de Marruecos. Luego sus hermanos varones, siguiendo la cadena, se establecieron en Buenos Aires y progresaron allí, y luego vivieron la historia de España desde lejos. Suponte: la familia de mi madre se dividió entre republicanos y nacionales desde 10.000 kilómetros de distancia. Vivieron la Guerra Civil y se pelearon y se dejaron de hablar durante años.

¿Se reconciliaron?

Sí, allí sí pudieron. La distancia permitió que las heridas no fueran tan atroces.

En esa familia tuya, ¿había algún escritor…?

No, que yo sepa. Pero había una vocación lectora. Me da la sensación de que, quienes escribimos, lo hacemos porque la lectura es tan importante en nuestras vidas que, en algún momento, le dimos una vuelta más a la misma tuerca. Creo que lo único que distingue a los escritores de los lectores es eso de necesitar desarmar el juguete para ver cómo funciona. O sea, es el mismo juguete, pero nosotros lo hemos desarmado. Y encontramos placer en desarmar el juguete y volverlo a armar. Y el lector, como hacemos nosotros cuando somos lectores, cuida el juguete y ama el juguete. En ese sentido, nací en una casa de lectores y siento que nada de lo que hice con la escritura habría sido posible si no hubiera estado este amor criado desde mi infancia y criado desde el ejemplo. Mi madre leía, mi padre leía, mis hermanos leían.

Es bonita esa imagen de desarmar el juguete.

Yo siempre recuerdo la imagen de mi abuela, que era una gran costurera. Cuando tú ibas con una prenda nueva, te tocaba la prenda y te daba vuelta para verle las costuras. Me da la sensación de que yo, cuando leo, le miro las costuras. Pierdo la ingenuidad. Me encanta seguir leyendo, pero no puedo evitar esto de pensar: “Ah, esto está cosido de esta manera y la tela es más o menos así”.

Leí que te decidiste por la escritura a los veintimuchos.

Sí, sí, y mi primer libro se publicó cuando yo tenía 42.

A esa edad uno ya lleva un saco de lecturas a cuestas y la madurez para encajar mejor el elogio, ¿no?

Sí, es posible. Creo que me ayudó ser más grande, y también creo que me ayudó que ni siquiera era un sueño en mi vida. Fue algo maravilloso que me sucedió sin soñarlo. Entonces creo que pude enfrentarlo con la naturalidad de que fue una sorpresa, disfrutémoslo mientras dure. Y creo que todavía hoy lo sigo viviendo así. Cuando uno tiene ciertas metas, es natural juzgar la propia vida en función de esas metas. Tuve éxito, no tuve éxito. Lo logré, no lo logré. Esto, como no era una meta, creo que tiene la ventaja de que se agota en cada libro. Termino un libro y lo único bueno que surge es que puedo escribir otro. Por supuesto, me interesa que al libro le vaya bien, que los lectores nos acompañen. Pero no he perdido esa provisoriedad. Si me preguntaras, ¿vas a seguir escribiendo el resto de tu vida? Creo que sí porque le he encontrado el gusto. Si me preguntas, ¿vas a seguir publicando libros? No lo sé. Dependerá de que los lectores me sigan acompañando. Si no me acompañan, seguiré escribiendo y seguiré leyendo. No lo intenté, no lo soñé, no lo busqué. Sucedió y es maravilloso. Veremos cuánto dura.

Hay escritores que sufren tanto que ya ni lo disfrutan…

Una vez que te has puesto, cada libro implica una fase de empantanamiento y esfuerzos y fracasos y frustraciones. Es mucho mayor el tiempo de sufrimiento y de pesar que el momento de que la cosa fluya y se disfrute. Pero no siento la presión de que mi vida sea esto. Yo soy licenciado de Historia. Ahora escribo libros y películas y viajo mucho. Si el día de mañana eso no pasa, volveré a ser profesor. Ahí se agota el asunto.

A nivel personal, ¿cómo te ayuda ese trato de profesor con los chicos?

Me ayuda, tiene que ver con varias cosas. En parte, es lo que estudié en la universidad: enseñar Historia sí era una meta, es parte de lo que era mi proyecto de vida. Y, además, lo era porque me parece importante enseñar Historia y que aprendan. Y, desde un punto de vista muy egoísta, es una labor importante para la escritura porque la escritura es introspectiva, silenciosa, solitaria. La docencia implica comunicación, conexión, es una actividad social, colectiva, afectiva. Si uno no conecta afectivamente, no funciona. Sobre todo con chavales de secundaria. Es un complemento muy interesante. Yo me divierto más que ellos.

Después de quince años habrás hablado de esto un millón de veces: el proceso junto a Campanella para llevar al cine tu novela. Nunca he comprendido cómo se escribe entre dos personas una misma historia…

¡Eso es el cine! El cine es colectivo. Para quien viene del mundo de los libros es un aprendizaje arduo, difícil, traumático. Pero un aprendizaje, al fin. Para ellos, para Campanella, para los directores, para la gente del mundo del cine, no lo es. Es habitual: “Nos juntamos, pensamos, miramos ideas, nos contradecimos”. Para un escritor es difícil. Por eso es raro, o no es tan frecuente, que quien escribe una novela participe de las adaptaciones cinematográficas. No es un problema intelectual, es un problema emocional. Esto de que otros opinen y metan mano… Otra cosa es que tú, por ejemplo, seas un periodista y te guste mi libro más o menos. Tengo que aceptar que opines. Pero no intervienes. Un director, sí.

Claro, se pone los guantes y te desarma el juguete.

Sí, sí, y te obliga a conjugar verbos poco habituales: negociar, discutir, convencer, argumentar, proponer. Son cosas que uno no hace consigo mismo, o al menos no lo hace de manera traumática. O lo hace de una manera mucho menos traumática. En este caso tienes que convencer y, probablemente, fracases. Aparte, eso te enseña muchísimo sobre tus límites como autor. Cuando vos terminás de escribir un libro y se publica, te conviertes en su primer lector. Y tienes tu interpretación y tus ideas y lo que quisiste decir y tu mirada sobre los personajes y sobre lo que es importante y lo que es secundario. Maravilloso. Como un lector más. Viene tal lector y te dice: “Ah, yo me quedé con tal personaje, o para mí la historia…”. Ahí es donde uno aprende, después de la experiencia cinematográfica, a pensar que, bueno, está bien. Es una lección de humildad. El libro es tuyo hasta que se publica.

¿Te metiste en esto de los guiones sin tener ni idea?

Sí, yo le dije a Campanella: “Yo no sé escribir guiones”. Entonces me envió tres o cuatro de películas argentinas que yo pudiera ver para verlas con guion en mano y que yo pudiera decirme: “Claro, eso se hace así”. Fue un aprendizaje absolutamente empírico. Claro que con los grandes directores que yo he ido trabajando… esa es la mejor manera de aprender.

¿Pesa mucho el Oscar?

¡Ja! No, el Oscar se lo quedó Campanella.

Pero lo has tenido en la mano…

Eso sí, y me hice las fotos. Está en su casa. La verdad es que lo beso simbólicamente cada vez que me recuerdan que El secreto de sus ojos ganó un Oscar porque sé que, cada vez que me surge una oportunidad de trabajo, es gracias a eso. El Oscar te abre un montón de puertas que se mantienen abiertas, sobre todo si sigues trabajando en ese sector. Mis libros viajan en el mundo gracias a eso. ¿Cuándo fue la primera vez que me invitaron a venir a España? En 2010, cuando El secreto de sus ojos era un exitazo y era candidato a los Goya y los Oscar. Ese fue mi primer libro publicado en España. ¿Cómo no agradecer y besar a la estatuilla cada vez que sucede?

Decías que escribes sin presión, pero ¿no sentiste entonces algo de y-ahora-qué?

Por suerte no me detuvo… esa era mi primera novela. Luego fueron cinco o seis más. Creo que, por suerte, advertí que lo bueno no depende de uno, o no sólo de uno, o no principalmente de uno. Uno lo único que puede hacer es trabajar de la mejor manera que pueda y de la manera más auténtica que pueda. Y eso no garantiza nada. Por más que los libros de autoayuda traten de convencerte de que basta con desear mucho, mucho algo para que eso suceda, no. La vida es una mierda y casi todo lo que deseamos no va a suceder, aunque lo merezcamos. Y es importante saberlo porque el problema es cuando el fracaso nos convence de que somos malos. La mayoría de nuestros sueños van a fracasar, es lo que toca. Y, cuando las cosas terminan en el éxito, no es porque hemos sido buenos, es porque hemos hecho nuestro trabajo y, sobre todo, hemos tenido suerte. Y la suerte toca a veces y le toca a algunos. O te toca en un ámbito de la vida y no en otro. ¿Yo siento que puedo ganar un Oscar más? ¡No! Pero no lo necesito. No podemos necesitar algo que no depende de nosotros. Podemos desearlo, pero no vale la pena perder el tiempo deseándolo. Si sucede, agradezcámoslo. Y tratemos de aprovecharlo.

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Eduardo Sacheri:

Soledad Villamil y Ricardo Darín en El secreto de sus ojos (Juan José Campanella, 2009).

Comentaba con una amiga hace poco, medio broma medio en serio, que la vida es angustiosa por naturaleza, y que se vive mejor cuando uno aprende eso. ¡Y de pronto aparece tu libro!

Ja, ja. Yo creo que el arte y la literatura son un juguete que nos permite encontrarle un sentido a la vida. Fugaz, momentáneo. Aunque sea por encontrar que a las otras personas les sucede lo mismo. No nos pasa sólo a nosotros esto de no entender para qué estamos vivos. Nos decimos: “Ah, le pasa a este personaje, probablemente le pasa a quien escribió esta historia…”. Esto, por un rato, te calma. Después, como la vida sigue, la angustia vuelve. Se acumulan los fracasos y las insatisfacciones, vivir es eso. Creo que el arte dota de sentido a algo que no suele tener sentido. Eso que no tiene sentido, pero necesitamos dotar de sentido. Así que estoy de acuerdo contigo.

He visto que te han preguntado mucho en este libro sobre haberlo escrito con una mujer como protagonista, pero lo que más me llamó la atención fue que lo hicieras desde la primera persona. ¿Cuál fue el mayor desafío para hacerlo verosímil?

Eso, esa condición de verosimilitud, la tienes siempre —sobre todo— en libros que tengan a algún personaje muy protagonista, como es este caso. Si mi personaje fuera un anciano de 92 años, un hombre, pero 40 años mayor que yo, ahí también tendrías una complicadísima metamorfosis.

Exacto…

O un niño de diez, donde el salto sea generacional y no de género. Se ve que algunas categorías se imponen más que otras. Se ve que la categoría del género se nos impone más que la categoría de la edad. De todas maneras, entiendo que es un obstáculo que hay que respetar. Hay que reconocerlo como un obstáculo. Creo que hay un problema, pero uno tiene que tratar de resolverlo. Y hacerlo con mayor o menor éxito. Pero se te presenta siempre que no escribes desde un varón heterosexual nacido en Buenos Aires y que tenga 50 años, que es lo único que más o menos soy. Pero creo que la solución te la da el trabajo y el tiempo.

¿Cómo fue en tu caso?

La novela la comencé a escribir en tercera persona, y escribí cuarenta y tantos de sus setenta capítulos en tercera persona. Pero, claro, a los cuatro, seis, ocho meses de estar “Ofelia siente esto, Ofelia piensa aquello”, cuatro meses Ofelia, seis meses Ofelia, ocho meses Ofelia… llega un momento —que es esa parte feliz de la escritura, esa breve parte feliz— en que te levantas y eres Ofelia. Ya estás dentro de esa historia y ves a Manuel y no lo ves desde fuera. Y ves a Juan Carlos… y te sentís allá dentro.

Por supuesto que después hay momentos de decir a tu editora y a algunas amigas muy lectoras: “A ver, léete este capítulo, ¿esto lo está diciendo una mujer o no?”. Si la respuesta es sí, terminar la novela en primera persona y luego volver al capítulo uno, pero volver de inmediato y siendo Ofelia. Hay una profundización. Después de ocho meses de trabajo, fui Ofelia. Esa metamorfosis es lo más enriquecedor de escribir: ser otro, ser otras. Eso que te dicen los actores cuando actúan de que mientras actúan son otras personas.

Cuando uno tiene tanto éxito, cuando ha gustado tanto, ¿acaba escribiendo pensando también en otros lectores o consigue pensar en sí mismo como el único lector?

¡Claro…! Pero es que no hay otra, ¿en qué lector pienso? Si yo me pusiera a pensar en otros lectores, ¿por dónde empiezo? ¿Por los argentinos?, ¿por los mexicanos?, ¿por los españoles?, ¿por los que me leen traducido al árabe?, ¿en los adolescentes?, ¿en los ancianos?, ¿en los varones o en las mujeres?, ¿en los heterosexuales o en los homosexuales? Y te estoy hablando de categorías enormes, pero hay un enorme peligro en escribir para el lector: es escribir para otro. Perdés la libertad. Te diría que lo único que hago de manera consciente, de libro a libro, es que tiene que ser absolutamente distinto al anterior. Porque al anterior le fue bien. Y, si le fue bien, lo peor que puedo hacer es, por el afán de ser querido, que es un afán absolutamente normal, hacer lo mismo. Si escribiera Lo mucho que te amé 2, si te ha gustado y te propongo seguir enterándote de las vidas de Ofelia y Manuel, ¿no lo vas a comprar el libro? ¡Lo comprás! Es lo que pasa con las series; uno sabe que en la temporada 40 ya no hay más que decir, uno sabe que debimos irnos antes.

Después de La noche de la Usina [llegó al cine como La odisea de los giles], que es una aventura, acción, un robo, la crisis socioeconómica del corralito, me dije: “¿Hacemos otro igual?”. No, no: esta vez será una chica, desde que tiene 22 hasta que tenga 36, y cómo va cambiando la biografía sentimental de esta chica. Y en voz femenina, y de amor. Y la próxima seguro que no va a ser ni con voz femenina, ni con amor, ni en los cincuenta, ni nada. Y, si no gusta, yo al menos me vi obligado a la libertad de hacerlo y no de repetir para seguir vendiendo libros. Aunque hay cosas que voy a repetir porque es mi manera de escribir, ahí no voy a cambiar.

Ahí no hay más remedio…

¡Es el mismo el que está detrás! Y seguramente estará ambientada en la Argentina, en la zona en la que yo vivo, y serán personajes con unas vidas más o menos ordinarias. Eso va a pasar. A esa huella sí que uno no renuncia.

¿Qué cualidades admiras de otros autores y te encantaría que tuviera tu literatura?

Hmm. Mirá, lo que más admiro en cualquier libro es el equilibrio delicadísimo entre trama y forma. A mí me gustan los libros con trama, me gusta que me cuenten una historia. Pero hay algunos que escriben con tal belleza que obliga a la detención: necesitas releerlo, necesitas postergar tu necesidad de saber porque la belleza de la forma te ha obligado a detenerte. Me gusta cuando me encuentro con autores que me procuran eso. Esta tensión entre el deseo de continuar y la necesidad de detenerse. Creo que ese es el equilibrio perfecto entre fondo y forma en una novela.

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Fíjate que nos hemos sentado un español y un argentino y no hemos hablado de fútbol.

Está bien de vez en cuando, vale. Pero que no se repita.

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