¿Que todos los políticos somos iguales?

Por: Jorge Enrique Robledo


Este artículo se terminó de escribir el viernes
antes de las elecciones del 27, que han sido tanto o más corruptas que siempre,
por cuenta de los mismos con las mismas, el nombre con el que, hace 80 años,
Gaitán marcó con hierro al rojo a la cúpula liberal-conservadora, cuya crisis
la llevó a dividirse y a cambiarse de nombres, pero no de prácticas.

Si algo se sabe, es el alto costo de las
elecciones y su muy extendida y profunda corrupción, con fraudes antes de
votar, a la hora de votar y después de votar, según dijera un Procurador
General. Además, es norma que quienes controlan el Estado, como sátrapas,
arreen los electores a las urnas, sometiéndolos mediante el gasto público y las
más burdas prácticas clientelistas y hasta el pago al contado de los votos. Y
los contratistas de las obras públicas suelen ser los financiadores de las
campañas electorales, a cambio de que les entreguen la contratación y el
derecho a saquearla, negocio que incluye convertirlos en amos de los jefes de
la administración pública y los dirigentes políticos.

Y el sistema legal que rige las elecciones
en Colombia -el Consejo Nacional Electoral y la Registraduría- no representa la
democracia sino la partidocracia, forma de control del Estado que concuerda
bien con los otros dos componentes constitutivos del régimen: plutocracia y
cleptocracia. ¿No es el colmo que acaben de nombrar como Registrador Nacional a
un jefazo del partido de la U, cargo desde el que debe repartir el poder de esa
institución según los votos de los partidos que eligieron y sostienen a Duque,
es decir, del Centro Democrático y de los que fueron santistas? ¿No está
diseñado el Consejo Nacional Electoral para favorecer las componendas de las
fuerzas que conforman la partidocracia, antes que para garantizar la rectitud
de los procesos electorales? Urge una reforma constitucional que cree un poder
electoral independiente, que no represente los intereses de unos cuantos sino
de todos los colombianos.

Pero lo peor de esta historia, que
convirtió en sistémica la corrupción en Colombia, no es lo mucho que se roban
ni el inmenso costo de la mediocridad clientelista con la que gobiernan. Lo más
destructivo consiste en que es la forma que crearon para

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poder gobernar contra
el progreso nacional y aun así ganar siempre las elecciones, negando la esencia
misma de la lógica electoral democrática, que señala que quien gobierna mal no
se sostiene en el poder.

Su mal gobierno ha sido tanto, como
resultado de que nunca han tenido como propósito desarrollar de verdad el
capitalismo nacional, que Colombia está lejísimos de la capacidad de crear
riqueza y empleo de los países desarrollados, pero sí está entre los primeros
en corrupción pública y privada y padece por un gran atraso industrial,
agropecuario y científico técnico, 70 por ciento entre desempleo y rebusque,
4,7 millones de trabajadores expulsados a otros países, 2,4 millones aguantando
literalmente hambre, sistema tributario regresivo, educación privada casi toda
cara y mediocre, sistema de salud inicuo, grave crisis ambiental, transporte
urbano indigno y costoso, inseguridad y violencia desmedida, etc.

Pero como son hábiles para crear argucias,
andan con la mentira de que “todos los políticos son iguales” -ellos y los que
les hacemos oposición-, para que el elector escoja por lo único que marca la
diferencia según esa falacia: la plata que los mismos con las mismas, en dinero
o en especie, les dan por sus votos. Porque si somos la misma cosa, por
ejemplo, ¿cómo se explica que preferimos crear al Polo y hacerles oposición a
Uribe,

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a Santos y a Duque que unirnos a sus combos y a sus políticas dañinas
para Colombia? ¿Será que no sabíamos ni sabemos que a todo el que se apandilla
con ellos alguna teta del presupuesto le toca?

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